lunes, 11 de febrero de 2008

Volvió el sol

Parece mentira; este fin de semana nos regaló tres días de cielo despejado en Colonia. Pero todavía falta más de un mes para la primavera, que acá comienza el 21 de marzo, por lo que imagino que volveremos a tener jornadas de frío intenso como las que tuvimos hasta el miércoles. El dato más interesante es que ya hay más horas de luz natural por día y eso hace que las bajas temperaturas sean más llevaderas.
Ya pasó la fiebre del Carnaval, que tiene mucho significado para los coloneses. El lunes y martes pasados fueron los días de los festejos más importantes, en los que grupos similares a nuestras comparsas desfilan por diferentes calles y avenidas del centro de la ciudad y de los distintos barrios. Las carrozas no tienen una gran producción. A veces se trata de camiones ornamentados y en otras de trailers tirados por tractores, los mismos que se usan para las tareas de campo. Delante o detrás de ellos caminan personas ataviadas con indumentaria alusiva al tema de la carroza. Todos, los que van a pie y los que están sobre el vehículo, les lanzan regalos a los que se paran en las veredas para ver el desfile, que también están disfrazados en su enorme mayoría. Tabletas de chocolate, caramelos, flores y pequeños juguetitos para los chicos son algunas de las cosas que caen y por las cuales la gente no se amontona. El que agarra, agarra; el que no, espera a la próxima; y el que ya agarró, en el turno siguiente le deja la chance a los otros. Todo esto ocurrió el lunes en el marco de un frío tremendo y de una lluvia que hacía que lo sintiéramos mucho más. Tan así fue que en un momento decidí volverme a casa por temor a un enfriamiento que me dejara disfónico por algunos días y sin la posibilidad de trabajar. Algunas personas se ríen cuando les digo que me resultaría mucho menos perjudicial tener durante un mes una bota de yeso que un fin de semana con faringitis o alguna otra afección que no me permita usar la voz normalmente.
El viernes pude volver al fútbol entre paredes, de lo cual voy a rescatar una sola cosa. En nuestro grupo de los jueves en la Argentina, siempre necesitamos que uno se encargue de recolectar entre los jugadores el dinero para pagar el alquiler de la cancha. Acá se hace diferente: el primero en pagar deja lo suyo en una silla; detrás vamos los demás, y el que no paga con el importe justo toma el vuelto de lo que se va reuniendo. Hay otra en la que se manejan muy distinto de como lo hacemos nosotros: cada uno lleva de su casa el líquido con el que va a rehidratarse al final del partido. Nosotros, casi como un acto reflejo, le extendemos la botella al que tenemos más cerca después de tomar un par de tragos. Por estos lares parece no ser así.
El trabajo del fin de semana transcurrió sin problemas, salvo el segundo tiempo de Bayern Múnich 1 – Werder Bremen 1. Primero y segundo respectivamente de la tabla con tres puntos de diferencia, varias figuras de cada lado. Un gol a los cinco minutos, un penal atajado a los veintiocho y el empate a los treinta y dos. Esperábamos mucho fútbol, y goles, para después del descanso. Pero fue un perfecto embole, con los dos mejores equipos de la Bundesliga jugando con miedo, casi pánico, a perder.
En estos días tendré mi primera mudanza en Köln. Mi nuevo lugar está enfrente del que ocupé hasta ahora. En un departamento chico, ideal para una persona sola, que está en el tercer piso. Es un monoambiente que tiene el baño y cocina aparte y en el viviré hasta mayo, cuando vuelva a Buenos Aires. Una de las cosas por las cuales lo elegí es porque me permite mantenerme en el barrio del que me siento parte cada vez más y seguir teniendo cerca todas las cosas que ya forman parte de mi cotidianeidad. Como creo que ya conté, Ehrenfeld es un barrio muy tranquilo, de edificios bajos y de calles poco transitadas. Pero también tiene sus historias.
Hasta noviembre último había en la otra cuadra un negocio en el que un paraguayo venido hace décadas a Alemania se dedicaba a la confección y reparación de zapatos y artículos de cuero. Era común ver su local, muy chiquito y lleno de cosas, siempre con gente. Era muy querido en el barrio y los clientes, en su enorme mayoría vecinos del barrio, conversaban con él. De repente, un día apareció en la vidriera un cartel que decía que cerraba. El motivo, según pude saber días después, es que Ricky, así se llama este zapatero remendón, escribió un artículo en un periódico zonal en el que expresaba algo que no cayó nada bien entre los musulmanes, casi todos de origen turco, que formaban la mayor parte de su clientela. Ellos decidieron no recurrir más a él y debió cerrar el comercio, ya que sin la concurrencia de los ofendidos su negocio dejaba de ser viable. No sé si hay razón o no en el boicot, pero lo que me llamó la atención fue la forma mediante la cual eligieron castigar a quien los ofendió. No hubo violencia, pero los efectos fueron peores que los de cualquier paliza.
Esta crónica, como creo que saben, se va escribiendo con el correr de los días. Hoy, lunes, siento molestias en la garganta. Afortunadamente, no tengo transmisión hasta el viernes a la noche y hay tiempo para recuperarla. Pero lo mejor será empezar cuanto antes; y como el agua está a punto, voy por mi té con miel.
Hasta la próxima.

lunes, 4 de febrero de 2008

Otra vez acá


Se acabaron las vacaciones. Pasé en mi lugar y con mi gente, con una escapada al Uruguay incluida, cuarenta y cuatro días bárbaros, durante los cuales no alimenté este blog. Pero no fue por vagancia, sino porque no tenía sentido escribir desde la Argentina para un sitio creado con el fin de relatar vivencias que se tienen lejos de ella. De todas maneras, agradezco a todos los que directamente o por intermedio de alguien me hicieron saber de sus asiduas visitas a este sitio.
Muchos de ustedes saben que no lo descubrí ahora, obviamente; siempre digo que mis sobrinos, hijo de mi hermana e hija de mi hermano, son lo más grande de mi vida. Es cierto que Dios –si es que él fuera realmente el proveedor- no me dio hijos todavía. Pero si los increíbles Ian y Camila fuesen obra del Diablo, como dice esa famosa frase, iría hoy mismo y sin ningún reparo al infierno.
Una de las cosas que aprendí en este viaje fue que no siempre todo es como lo pintan. En entradas anteriores les contaba de lo desagradable que se tornaba el hecho de seguir los diarios argentinos por Internet cuando se está fuera del país. Mucha mala noticia y presentada, en muchos casos, exageradamente. Esas malas noticias que los diarios refieren son ciertas, existen, es innegable; y debo reconocer que al llegar a Ezeiza en diciembre estaba sensibilizado. Pero con el correr de mis días en la Argentina después de poco más de cuatro meses de ausencia llegué a la conclusión de que no era para tanto y eso me puso muy contento. Fue el descanso más largo que tuve en toda mi vida laboral, al punto de haber llegado a extrañar mi trabajo después de las primeras dos semanas de inactividad. Eso nos suele pasar a los que tenemos el enorme privilegio de dedicarnos a una actividad que amamos.
Esta vez me toca volar por TAM, una compañía brasileña. El tramo entre Buenos Aires y San Pablo fue normal, sin nada para destacar. El vuelo a Frankfurt salió con una hora de demora y nunca nos dijeron por qué. Pero las azafatas amenizan la espera sirviendo, primero, caramelos de leche; después, agua mineral.
La coreana que está sentada en el asiento de al lado, el 17E, debe haberme visto con cara de hambre. Cuando trajeron la comida inspeccionó lo que había en la bandeja y rápidamente me ofreció, y acepté, su pan, su manteca y su postre, un brownie que estaba demasiado bueno para lo chiquito que era.
Ahora la cabina está completamente a oscuras y a mayoría de los pasajeros duerme. Soy el único que tiene encendida su luz individual, pero no molesta a nadie. Intenté, y logré de a ratos, dormirme. Pero el pesado que está en el asiento detrás del mío, el 18D, cada vez que quiere pararse se cuelga del respaldo sobre el que estoy apoyado. Encima, cuando este hombre devotamente religioso, de barba muy larga, camisa blanca, chaleco negro y dudosa higiene pasa por al lado deja una estela que maltrata sin piedad a nuestro sentido del olfato. Nos tocó un avión nuevito, que aun en clase turista nos ofrece una pantallita de video para cada uno y la gran novedad, al menos para mí, es la posibilidad de tener electricidad. Como el señor parece empeñado en que no duerma, los 110 voltios que ofrece el tomacorriente que tengo delante me viene muy bien para trabajar con la computadora sin depender de la batería.
Ya había pasado el mediodía alemán y en Frankfurt nos esperaban el frío y la Policía en la puerta del avión. A algunos les piden el pasaporte, a mí no. Al pie de la escalera había uno de esos ómnibus que parecen cajas de zapatos para llevarnos a la terminal. Paso sin problemas el puesto de migraciones y en poco tiempo llega mi equipaje. Por fin puedo ir a buscar el tren. Hay un ICE (Inter City Express) dentro de media hora. Recorre los casi doscientos kilómetros que hay hasta Colonia en una hora y cinco minutos. Ya les hablé de la puntualidad del ferrocarril, así que no seré redundante. Como me ven con una valija muy pesada y las manos muy ocupadas, un par de alemanes me ayudan a subir con mis cosas al vagón.
Las estaciones por las que vamos pasando minutos antes de llegar a Köln están llenas de gente disfrazada, de todas las edades. Los coloneses festejan muy fervorosamente el carnaval. Muchos andan por la calle con sus disfraces y, obviamente, beben en grandes cantidades. Pero no hay problemas, peleas ni nada de eso. Se festeja y nada más, aunque los que andan con vehículos tienen que tener mucho cuidado, porque hay peatones por todos lados y la mayoría de ellos no dispone de toda su lucidez; a algunos, directamente, ya no les queda ninguna.
Con el fin de semana llegó la reanudación del campeonato alemán y con ella la vuelta al trabajo. Lo curioso fue el sábado, cuando fui a tomar el tranvía como cada vez que debo ir al estudio. Vinieron tres y ninguno de ellos era el 5, que me deja en Ossendorf para tomar el ómnibus 148. Después de una hora de espera en vano empiezo a preocuparme; pero ya no me queda tiempo y tengo que recurrir a un taxi, que es manejado por una señora muy amable que me dejó en mi trabajo diez minutos después y con diez euros menos en el bolsillo. El sábado me toca Hertha Berlín 0 – Eintracht Frankfurt 3 y el domingo Schalke 04 4 – Stuttgart 1. Ocho goles en dos partidos; nada mal para retomar rápidamente el ritmo.
Hoy, lunes, los festejos por el carnaval tendrán su momento culminante con el desfile de carrozas. Se los cuento en la próxima.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Yo me bajo en Ezeiza

Después de casi una semana fue imposible resistir la tentación. El aroma llama y, aunque uno intente ponerse freno, no puede evitar pasar por el carrito que está estacionado justo frente al acceso al supermercado Kaufland, sobre la Venloerstraße.
Este señor vende crépes, que no son otra cosa que nuestros viejos y queridos panqueques. Hay dulces y salados, pero los primeros son los que tienen más salida. Una pizarra muy prolijamente escrita informa sobre la variedad de ingredientes disponibles. Ya elegí: banana y Nutella, una crema que tiene la misma consistencia que nuestro dulce de leche y se elabora a base de avellanas y chocolate.
Con muy buena voluntad y, obviamente, ganas de vender, el dueño del puesto dice que entiende mi pobre alemán. Lo primero que hace es poner a calentar los discos sobre los que va a cocinar la masa e ir a la heladera a buscar el bol donde tiene la mezcla. Después toma una banana impecable, la pela y la corta en rodajas finitas. Las deja a un costado y, como las planchas ya están listas, revuelve suavemente la preparación que tiene en el cuenco y deja caer el contenido de un cucharón. Inmediatamente lo esparce con una especie de espátula larga sobre la superficie caliente, lo que debe terminar de hacer antes de que la masa, de unos treinta centímetros de diámetro, se cocine; la da vuelta y la posa sobre el otro disco para dorar la otra cara del panqueque.
Ahora, la mejor parte: este buen señor, que creo que tampoco es alemán, cubre medio círculo con las rodajas de banana y sobre ellas unta la Nutella. Dobla la otra mitad de la masa sobre la primera y después le hace otro doblez. Lo pone sobre una base de cartón y, previo pago de tres euros con veinte, me encuentro con mi glorioso crépe caliente, que da mucho más placer todavía comiéndolo mientras camino por la vereda con tres grados de temperatura. Inolvidable. Como diría mi amigo Alejandro Apo, es tan rico que tengo ganas de comprar otro nada más que para refregármelo por el pecho.
Cuando ustedes estén leyendo esto ya estaré en viaje de regreso a la Argentina. Se fueron cuatro meses de experiencia alemana y creo que no exagero si digo que no pudo ser mejor, en todos los aspectos. Primero en lo profesional, motivo por el cual se produjo este traslado. La gente que me contrató cumplió en todos sus términos el acuerdo que tenemos, pero además estuvieron atentos a resolver cualquier situación que me excediese. Ernesto Aramayo y sus hijos Cristian y Roberto demostraron ser gente con la que da gusto trabajar. Encontré, como ya conté en textos anteriores, un excelente ambiente de trabajo con compañeros con un enorme sentido del profesionalismo, al que, con mi presencia, debieron agregarle una buena dosis de paciencia para hablarme muy lentamente en alemán o recurrir al inglés cuando la comunicación se complicaba. Nunca en este tiempo ni uno solo de ellos tuvo una actitud negativa al respecto, sino todo lo contrario; siempre colaboraron conmigo, mucho más de lo necesario en la mayoría de las veces. Otra cosa notoria en lo laboral es que a todo el mundo se le respeta la profesión u oficio. En nuestro caso, me refiero a los que tenemos el privilegio de vivir de lo que nos encanta hacer, no somos culpables de disfrutar nuestra actividad y que nos paguen por ello. Nada es un regalo, todo es fruto de la dedicación y de la pasión que suplen, en mi caso, la carencia de talento. “Du hast einen Traumjob (tenés un trabajo soñado)”, me dice siempre mi amigo francés Nicholas, el del bistrot de todos mis mediodías, cuando me ve metido en la computadora llenando las planillas de estadística o tomando notas de la información que uso en las transmisiones; pero eso no lleva el tono de ironía que en realidad esconde la idea de “¡qué fácil te ganás la vida!”, como tantas veces y no tan elípticamente escuchamos entre los nuestros.
En lo personal también esta etapa fue altamente fructífera. Los alemanes han derribado, al menos en mi convicción, el mito de que son fríos y distantes, como nos gusta decir apresuradamente en la Argentina. Son extremadamente educados y cordiales y da gusto, no exento de una buena dosis de envidia, ver de qué manera hacen mejor su vida de todos los días con pequeñas actitudes como las que detallé en varios de estos relatos. Tienen la convicción de que las leyes están hechas para el beneficio de todos y también tienen claro que transgredirlas no es gratis; y no por eso les faltan libertades. No existe la impunidad; es un concepto que han desterrado con el mismo empeño con el que muchos lo alimentan en nuestro país. No por nada los alemanes tienen el país que tienen habiéndolo levantado desde la destrucción total. Esa reconstrucción no fue solo material, sino que también debieron recrearse como sociedad; para eso ejercieron una feroz autocrítica y aprendieron de sus errores y pecados, que, a diferencia de nosotros, no repiten. Tienen una de las economías más fuertes del mundo y en exportaciones recién este año fueron superados por China; pero el gigante asiático equivale en superficie a veintiséis veces el territorio alemán y tiene dieciséis chinos por cada habitante del país europeo, que ha sabido subirse al tren a tiempo.
¿Tren dije? Los dejo, porque si no me apuro se me va el mío a Frankfurt y no quiero perder el vuelo a Buenos Aires.
Nos vemos pronto.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Cada vez más cerca

Hay algo en lo que Colonia se parece al Macondo que Gabriel García Márquez hizo mundialmente famoso en “Cien años de soledad”: aunque no tan intensamente como en los pagos en los que el coronel Aureliano Buendía enfrentaba al pelotón de fusilamiento, acá también llueve todos los días. Además, el hecho de que antes de las cinco de la tarde sea de noche aporta un matiz al que no es fácil acostumbrarse, aunque tampoco es nada con lo que no se pueda convivir, lo mismo que el frío; es intenso, sí, se siente. Pero, por lo que pude percibir, no es muy distinto al que tenemos en el invierno porteño. El único detalle a favor del nuestro es que allá, aun en los meses de días más cortos, la luz natural dura más horas y el sol, aquí totalmente infrecuente, puede ayudar en Buenos Aires a que la baja temperatura sea un poco más llevadera.
Con el comienzo de diciembre y en cada rincón de la ciudad todos los edificios se vistieron de Navidad. Papá Noel es el gran protagonista de cualquier ornamentación, para lo cual también se usan trineos, renos y todo lo relacionado con el gran repartidor mundial de regalos, al que puede vérselo arriba de su vehículo, parado agitando una campana, cargando la legendaria bolsa o, en la versión más original, colgado de una cuerda luminosa en muchos balcones y ventanas de las casas colonesas. Las calles también están adornadas con luces que forman estrellas y motivos alusivos a las celebraciones de cada fin de año.
Los alemanes están preocupados por el aumento del precio de los combustibles, que últimamente, y con tipografía de catástrofe, hasta ha sido tapa de algún diario. Un litro de nafta súper vale algo menos de un euro con cuarenta y uno de gasoil, aquí llamado directamente Diesel, un euro con veintisiete centavos. Para el que quiera saber a qué equivale eso en la Argentina debe tener en cuenta, como conté en otra entrada, que con un euro se hace un poco más que con un peso en nuestro país y cuesta algo menos de trabajo ganarlo. De esto se desprende que acá los combustibles son bastante más accesibles que para nosotros, que tenemos la dicha, licuada desde los 90, de vivir en un país que dispone de petróleo debajo de su extensísima superficie.
Una de las últimas novedades en Colonia es que también han impuesto, y regirá desde el 1 de enero próximo, la “Kölner Umweltzone (zona ambiental)”. Se trata de la delimitación de un área alrededor del centro de la ciudad a la cual no se podrá acceder con vehículos que no estén autorizados. Para lograr ese permiso hay que obtener una oblea que indica que el auto no emite gases contaminantes más allá de los valores aceptables. Hay tres tipos de oblea: roja, amarilla y verde. Al propietario del auto se le entregará la que corresponda al tipo de emisión que se detecte en su auto y al combustible con el que se alimente ese motor. Para los vehículos diesel, además de pagar entre uno y cuatro euros según el caso, se deberá agregarle al escape un filtro de partículas. El folleto oficial dice que con esta medida se busca beneficiar a unas ciento cuarenta mil personas que viven en ese sector y que tendrán con la puesta en vigencia de esta iniciativa aire más puro y mejor calidad de vida.
Con esta semana también comenzaron, lentamente, los preparativos para mi vuelta temporaria a la Argentina. La mayoría de ellos tendrán que ver con la puesta en orden de las cosas que así deberán estar para cuando regrese a Alemania, a fines de enero próximo. Laboral y legalmente está todo acordado y cumplido respectivamente, con el permiso de residencia y trabajo otorgado por el gobierno alemán hasta la finalización mi contrato, que expirará con la temporada en curso de la Bundesliga en mayo de 2008. El boleto tiene fecha para el lunes 17 partiendo desde Frankfurt am Main (Frankfurt sobre el Main, así es el nombre completo de esta ciudad, centro financiero de Europa) y con un trasbordo de avión en San Pablo. La llegada al aeropuerto de Ezeiza, al que alegremente y por decreto han otorgado por veinte años más a sus actuales concesionarios, está prevista para la mañana del 18.
Estas líneas llegan a ustedes en una fecha muy especial, en la que no puedo soslayar una mención a la asunción de la nueva presidente en nuestra querida Argentina. El primer sentimiento ante un cambio de estas características suele ser, casi naturalmente, de esperanza. Pero como pocas veces, esa sensación está ausente. Hace poco, tras una visita a Berlín, Cristina dijo que aspira a tener desde su gestión un país como Alemania. La aspiración es válida, todos la tenemos. Debiéramos tomar el ejemplo de los alemanes en infinidad de aspectos de organización social y política, a partir de la implacable autocrítica que sirvió para sentar las bases de la formidable reconstrucción que llevaron a cabo. Ellos han crecido desde la nada absoluta hasta lo que son hoy en el mismo lapso en el que nosotros bajamos desde el mejor momento de nuestra historia hacia las cercanías del abismo. Pero aun no conociéndola mucho todavía puedo decir que Alemania es lo que es, entre otras razones, porque ha tomado la saludable decisión de privarse de dirigentes como los que nosotros hemos tenido y, desde hoy, seguiremos teniendo. La genial Mafalda, ante una situación como esta en los años setenta, se preguntó con la lucidez con la que siempre nos deleita a sus fanáticos: “¿se puede abrigar esperanzas con camisas de tul?”

lunes, 3 de diciembre de 2007

Fin de año


Empezó el mes de diciembre y, con él, la cuenta regresiva para la Navidad. También, aunque en este caso será más corta, la de mi regreso temporario a la Argentina. Desde Frankfurt y vía Río de Janeiro, está previsto para dentro de dos semanas exactamente.
En esta parte de cada año se inician los Weihnachtsmarkt (mercados de Navidad), para lo que en distintos puntos de la ciudad se montan puestos portátiles de madera en los que se ofrecen distintas especialidades. Se puede conseguir juguetes artesanales, preferentemente hechos con madera, tejidos, adornos navideños y bijouterie.
En la tarde lluviosa del domingo pasé por dos de ellos: uno está en Rudolfplatz y el otro en Neumarkt, dos lugares que les mencioné en entradas anteriores. Para que tengan una idea, imagínense que estas ferias se ubican en lugares estratégicos como podrían ser las plazas Miserere o Constitución. Esos pequeños locales están distribuidos de manera tal que se forman angostos pasillos entre ellos, en los que no fue difícil notar un detalle: la gente, en su inmensa mayoría, camina por la derecha ordenando el tránsito como si se tratara de autos sobre una calle. De ese modo, el movimiento de personas es fluido a pesar de la gran cantidad de concurrentes.
También es muy variada la oferta de comestibles típicos. Se ofrece desde las clásicas salchichas con chucrut o variantes de pescado hasta waffles e incontables chocolates y dulces. Pero una de las cosas más buscadas es el Gluhwein, que es un vino tinto que sirve caliente con el agregado de algunas especias como albahaca, canela, laurel y otras. Cada uno cuesta dos euros y se debe pagar uno más por el vaso, aunque ese monto se recupera al devolverlo. Había largas filas frente a cada uno de los puestos en lo que se lo conseguía; como me habían recomendado muy especialmente probarlo, compré el mío donde encontré menos gente. Tiene muy buen sabor y es un interesante aporte de calorías para las jornadas frías como la de ayer, en la que la temperatura rondaba los cinco grados y antes de la cinco de la tarde ya era casi totalmente de noche. Pero para que la crónica no omita ningún detalle debo agregar que el dolor de cabeza que me produjo el Gluhwein resistió varias horas antes de dejarme en paz.
Nadie se acobarda por la lluvia, que no afloja. Todos caminan tranquilamente y sin apuro, aun lo que no están debidamente protegidos; Yo soy uno de ellos; en realidad, tengo buen abrigo salvo en la azotea, a la que la campera sin capucha deja librada a los rigores de la intemperie. Con las dos manos rodeando el vaso, como la mayoría de la gente, sigo caminando. Es irresistible la tentación de frenarse ante los bombones (acá se llaman Praline) y cada una de las delicias hechas en base a chocolate, blanco y negro, que usan para bañar bananas, frutillas, nueces y almendras, entre otras cosas. Las frutas secas son utilizadas en muchísimas especialidades, una más rica que la otra.
Un chino pintaba esferas de cristal, pero del lado de adentro introduciendo el pincel por un pequeño orificio. Los dibujos son muy chiquitos, por lo que cuesta creer la habilidad de este hombre para hacerlos. Un señor ofrecía juguetes hechos con madera balsa, algunos de ellos espectaculares, como un portaaviones con sus correspondientes avioncitos, helicópteros y todo, un karting, un camión, autitos, etcétera. Una chica rubia de ojos increíbles vende prendas tejidas, que pueden ser gorros, bufandas o unos guantes muy particulares en los que las yemas de los dedos quedan descubiertas. Una pelirroja con antiparras azules trabajaba con vidrio, al que ablandaba con un mechero cada vez que tenía que hacer algún retoque a la pieza que estaba creando.
El club de fútbol de la ciudad no podía estar ausente. En uno de los puestos se puede conseguir todo el merchandising alusivo al F.C. Köln; están todos los modelos de la camiseta, bufandas, tazas, vasos, gorritos y llaveros; esta es una ciudad muy grande, que siente mucho el fútbol y la gente está entusiasmada porque después de la victoria de ayer por tres a cero ante Augsburgo, el equipo de la ciudad se ubicó tercero y, por primera vez en mucho tiempo, ocupa un puesto de ascenso. La única salvedad es que todavía faltan diecinueve fechas, más de medio campeonato, para saber si finalmente esta gente verá a los suyos jugando otra vez en la primera división de la Bundesliga. Se fueron a la Segunda justo antes del Mundial y en la temporada pasada navegaron en la mitad de la tabla.
Ahora la ilusión es muy grande y la verdad es que, sin haberme hecho hincha ni nada parecido, me gustaría que asciendan. Por lo bien que me hicieron sentir los coloneses con los que me tocó cruzarme desde mi primer día acá; por no haberme hecho sentir culpable de portación de pasaporte; porque nadie se comporta conmigo como si debiera agradecerle que me están “matando el hambre” en Alemania y por todo lo que he venido contando en este tiempo es que quiero que Colonia tenga a su equipo en Primera División. Porque eso es lo único en lo que esta gente necesita ascender. En todo lo demás, no sólo están en lo más alto sino que también merecen dar la vuelta olímpica todos los días.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Pequeñas apostillas colonesas

No es misoginia ni nada que se le parezca; los que me conocen saben que no tengo ese problema. Pero no puedo negar que me sorprendió llegar el viernes a jugar al fútbol con mis amigos alemanes y ver que en cada una de las canchas de al lado había una mujer mezclada entre todos los hombres y, además, jugando como cualquiera de ellos. Al verlo me preguntaba si nosotros, con nuestros grupos de los jueves o de los lunes en la Argentina, contemplaríamos esa posibilidad. Sin analizarlo demasiado me animo a decir que no, aunque también es cierto que las mujeres en nuestro país no tienen esa cercanía con la redonda que ellas tienen acá; mucho más desde hace poco tiempo, cuando la selección alemana de fútbol ganó el Mundial que se jugó en China –retuvo el título- derrotando en la final a las brasileñas. A las mujeres que estén leyendo esto, sobre todo a las argentinas, las invito a dejar algún comentario al respecto si es que tienen algo para decirnos.
Tengo amigos uruguayos en Uruguay y, como saben, trabajo con uruguayos en la radio. Es verdaderamente muy triste leer todos los días lo que pasa con el tema de la bendita o maldita Botnia. No se puede creer que un gobierno del pueblo como proclama ser el nuestro vaya tan detrás de la gente en el reclamo, mientras que también es poco presentable que un gobierno de izquierda se convierta sin reparos en el brazo político de una transnacional de esas que son algo así como el demonio mismo en las campañas proselitistas de los partidos de esa orientación. No es raro que nos vaya como nos va.
El sábado hubo en El Rincón una fiesta de cumpleaños. Eran alrededor de sesenta invitados que, como podrán imaginar, tomaron todo lo que fuera líquido y apto para el consumo humano. Llegaron a eso de las nueve de la noche y siguieron hasta las seis de la mañana. Algunos quedaron verdaderamente averiados, pero un detalle me llamó poderosamente la atención. No hubo un solo roce ni discusión, ni siquiera alguien que levantara la voz. Cuando se acercaban a la barra a pedir algo, siempre lo hacían educadísimamente y agregando siempre el “bitte (por favor)”. Una chica argentina que atendía las mesas, que también solía hacer este trabajo en Buenos Aires, me hizo notar algo más: cada vez que ella debía recorrer el salón para llevar cosas o recolectar vasos vacíos no tuvo ningún tipo de inconveniente con los hombres, aun con los que estaban en peor estado. A pesar del escaso lugar que tenía para pasar, ninguno de ellos aprovechó esto para propasarse ni hacerle pasar un mal rato. Cada vez que ella pedía permiso para pasar, se lo daban. Eso sí: es muy difícil ver que un alemán, aun estando fresco, tenga algún detalle de caballerosidad como abrir la puerta para el paso de una mujer o quitarle o ponerle el abrigo al entrar o salir de un lugar. Alguien me explicaba que lo que en realidad pasa es que las damas de esta parte del mundo no son afectas a aceptar este tipo de atenciones por considerarlas atentatorias contra la “igualdad”. No quiero iniciar una polémica que podría tomar el rumbo de los tomates, pero creo que lo mejor que nos puede pasar a hombres y mujeres es ser todo lo distintos que seamos capaces de ser unos de otras o unas de otros (así dejamos ilesas las susceptibilidades). Cerca de la barra pude advertir otra cosa que me resultó interesante. Por andanadas, y aunque las bebidas alcohólicas todavía abundaban, todos se acercaban a pedir agua. Dos o tres veces; después volvían a la Kölsch o al tinto de la casa, aquel que derribó en el cuarto round y por toda la cuenta a nuestro amigo francés del texto anterior.
El domingo me tocó relatar Núremberg – Borussia Dortmund, por lo que para ir al estudio tomé primero el tranvía número cinco. Al final del recorrido está la parada del ómnibus que me deja en la puerta del edificio del CBC. Es el 148, que tiene dos ramales; el mío es el que va a Ossendorf. Los sábados, domingos y feriados hay uno cada media hora y se utiliza el mismo boleto de dos euros con treinta que saqué arriba del tranvía. Llega el micro y subimos tres personas; los otros dos, un hombre y una mujer, se conocen. Como en los trenes y tranvías, cada vez que el ómnibus se pone en movimiento una voz grabada anuncia la próxima parada. Él se sienta sobre la derecha al lado de la ventanilla; ella en el otro extremo de la misma hilera, contra el cristal del otro lateral. Fueron conversando todo el viaje y no pude entender por qué no se sentaron uno al lado del otro como creo que hubiese hecho cualquiera de nosotros en un caso como ese. Por ahí es un detalle muy menor, pero me resultó curioso. Cuando el chofer dobla a la izquierda en la Richard Byrd-Straße me paro y camino hasta la puerta, donde está el botón con el que se pide la parada. No hay timbre, pero al momento de presionarlo se enciende un cartel rojo que indica que la detención ya está pedida. Al verme bien cerca de la puerta el conductor me pregunta si yo quiero bajar en la parada en la que él no pensaba hacerlo. Le respondo que sí y me dice que debí haber presionado el botón cuando dejamos la parada anterior, pero se ve que la lluvia lo puso comprensivo y frena el micro unos metros después del poste con la H que indica que allí hay una Haltestelle (parada).
Después lo de siempre: imprimir papeles, un café con algo sólido para acompañar y recolectar los datos que necesito utilizar durante el partido. La noticia es el resultado: por fin ganó Núremberg, aunque no le sirve de mucho: dentro de una semana, cuando nos reencontremos, seguirá en zona de descenso.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Anécdotas

El de la gorrita es un comensal habitual de El Rincón; es camarógrafo, trabaja en un canal de la ciudad y la mayoría de las veces viene con una rubia muy linda que es presentadora de un programa. Hoy la chica se fue temprano y más tarde se sumaron a la mesa tres colegas de él, que venían desde Hamburgo y también parecían ser sus amigos. Después de un rato, como el de la gorrita tiene amistad con Gustavo, lo invitan a la mesa. No entiendo exactamente lo que dicen, pero sí que la charla es sobre fútbol. En un momento, uno de ellos saca algo así como una palm y empieza a hacerles a los demás preguntas sobre los Mundiales. La primera era acerca de los seleccionados que más goles habían logrado en una sola Copa del Mundo. A los tirones van saliendo las respuestas; Hungría, Alemania y Francia. El interrogador, envalentonado por los resbalones de los demás, va por otra. Pero antes de hacerla saca del bolsillo cincuenta euros que deja sobre la mesa para premiar al que pueda responder la siguiente: “además del alemán Lothar Matthäus, ¿quién es el único jugador de la historia que jugó cinco Mundiales?”, pregunta con la certeza de que no arriesga su dinero. “Ich weisse das (yo lo sé)”, le digo. Él mira incrédulo y le doy la precisión: “ein Mexicaner, Antonio Carbajal”. Me pide que lo repita más lento para cotejar mi pronunciación con lo que lee en su base de datos. El hamburgués, sorprendido, se para y me entrega los cincuenta euros, que intento no aceptar diciéndole a Gustavo que se lo explique. Pero el muchacho no recibe de buen modo eso y le pregunta si estamos “jugando con su honor”; agrega que él perdió y que corresponde que pague. Un caballero; y para que tengan una idea, con cincuenta euros en Alemania se hace un poco más que con la misma suma de pesos en la Argentina. Así terminó el viernes, en el que horas antes había podido darme el gusto de jugar mi segundo partido de fútbol cinco encajonado como el que se juega acá, que hasta da para que mis dudosas cualidades técnicas se destaquen y eleve mi cosecha goleadora a cinco tantos. Un amigo mío imaginaría: “¡cómo será la cañada, si el gato la cruza al trote!”
El señor de enfrente, de quien tampoco recuerdo el nombre, fue el primero en llegar a El Rincón el sábado. Se sentó en la barra, prendió el primer cigarrillo y pidió una Weißbier (la traducción es “cerveza blanca” y con eso se pide medio litro en un vaso alto). Habiendo llegado ni bien abrió el bar, este hombre pudo ver cómo se inicia la actividad de cada día. El ambiente estaba mejorado por la presencia sonora del “Polaco” Roberto Goyeneche, que empieza el disco que le grabé a Gustavo con “Balada para un loco”.
Mientras las chicas terminaban de armar las mesas y ponían en orden los detalles, entraron los primeros comensales. Padre, madre e hija eligieron la mesa dos y, para empezar, vino tinto y cerveza tirada Kölsch, que tiene el mismo costo por vaso que el agua mineral: un euro con veinte.
Nos preparábamos para ver el partido Argentina – Bolivia por las eliminatorias del Mundial; las primeras imágenes del estadio de River mostraban las pésimas condiciones del campo de juego y al sector de la tribuna Centenario que ocupaba el nutrido grupo de hinchas del seleccionado vecino. En eso llegó Jean Pierre, un francés que lleva muchos años radicado en Köln; es un cliente frecuente, que viene a cenar y luego se queda leyendo un libro acompañado de su copa de tinto. Como hoy no hay lugar en las mesas porque la mayor parte del salón está reservada, muchos comensales ocasionales reciben la disculpa y la explicación de por qué hoy no hay más plazas disponibles. Nuestro amigo Jean Pierre se sienta en la barra, al lado del señor de enfrente, que ya va por el final de su segunda Weiß.
Ya es la hora para la cual había sido hecha la reserva y es extraño que los alemanes que la pidieron no hayan llegado todavía. Gustavo va a la agenda para chequear y se escuchan invocaciones a alguna que otra madre y hermana y a no sé quién que parió a quién. Se había equivocado. La reserva para la que se venía preparando desde hacía días no era para el sábado 17 sino para el próximo, el 24.
Empezó el partido y el primer tiempo nos aburre bastante. No mucho más que el gol de Agüero y las cosas de siempre de Messi. El señor de la barra, el que entró primero, pide por primera vez la cuenta. Cuatro Weiß, dos litros de cerveza; 12,40 euros. Jean Pierre, que tampoco lo conocía al momento de entrar, ya estaba en charla con este hombre, que habla un correctísimo inglés y me cuenta que tiene pasaportes alemán e israelí. Por cuarta vez en la noche, JP, que hoy no cena, pide una copa de tinto.
Llegaron los demás goles. Uno y cuarto de Riquelme, las otras tres cuartas partes del tercero de la Argentina –que me perdonen los fundamentalistas ultrarriquelmistas- fueron de Messi; y con el mismo estrépito que cayó la ilusión boliviana en el Monumental aterrizó nuestro amigo Jean Pierre en El Rincón, quien después de pedir la cuenta quiso bajarse del banco alto de la barra... y se desplomó en el suelo noqueado por su cuarta copa del tinto de la casa. Afortunadamente, la pata de la mesa que evitó que su nuca diera contra el piso es redonda y eso ayudó a que no se le hiciera un corte. Lo pusimos de pie y Jaime, el mexicano que trabaja en la cocina, lo acompañó hasta su casa previa despedida comprensiva de su ocasional compañero de copas, que se impuso en la carrera con la fusta debajo del brazo: pagó las tres últimas cervezas, con las que llegó a siete (tres litros y medio), se abrigó y se despidió hasta la próxima. Como yo.