jueves, 9 de octubre de 2008

Mudanza

Esta semana estuvo casi íntegramente dedicada al tema de la vivienda. El jueves pasado, mi amigo Roberto me ayudó a buscar en Internet departamentos en alquiler en Ehrenfeld. Encontramos dos buenas opciones, él hizo los llamados telefónicos correspondientes y también envió los correos a quienes preferían que se comunicaran con ellos por ese medio. Aquí, por cualquier cosa se organiza un Termin, que es un encuentro agendado. El primero de los propietarios, que respondió el mail, nos concedió uno para el viernes al mediodía, exactamente a las 12. En el otro atendieron el teléfono y nos citaron para el mismo día, pero a las 14.00. Era perfecto; podría ver los dos departamentos y comparar.
En el primero, el encuentro se produjo puntualmente a la hora acordada. El Dr. Alexander Ackermann estaba esperándonos en la portería de un enorme edificio cuya puerta daba al número 3 de la Graeffstraße. Nos llevó hasta el departamento, el 19, y nos lo mostró. La verdad, está muy bien, es muy luminoso y tiene las dimensiones que necesito; hay portero las veinticuatro horas y dentro del mismo edificio hay pileta, lavadero y secadero de ropa, está bien ubicado y el alquiler está a buen precio. El dueño me preguntó a qué me dedico y cuando supo que comento los partidos de la Bundesliga se entusiasmó, ya que quienes consultaban mayoritariamente por su propiedad eran estudiantes con los cuales hay que tomar más recaudos porque, en general, no tienen ingresos propios. Quedamos con él en que veríamos la otra vivienda y en un par de horas le responderíamos por sí o por no. Ackermann estuvo un poco impaciente y antes de la hora en la que debíamos hacer la segunda visita le dejó un mensaje en el celular a Roberto para decirle que yo tenía un “bonus” en su consideración por mi actividad y me mandó a mí un correo electrónico con un formulario para llenar con los datos que irían en el contrato, entre los cuales figura mi número de cuenta bancaria, de la cual se debitará el alquiler el primer día de cada mes.
Exactamente a las 14 tocamos timbre en el otro edificio, el de la Vogelsangerstraße. A pesar de haber acordado telefónicamente el bendito Termin aquí nunca hubo respuesta, por lo que después de insistir durante algunos minutos decidimos irnos. “Das ist nicht sehr nett, aber... (no es muy considerado, pero...)”, dijo Roberto; y me explicó que es posible que ya estuviese alquilado y que por eso el dueño no atendía la puerta.
El departamento de Ackermann fue el elegido, así que le mandamos el correo confirmándole la noticia y él se comunicó con Roberto para, otra vez, pactar el Termin de firma del contrato, que se produjo el lunes a las 14 en el mismo lugar en el que no esperó la primera vez. Pagué el depósito y el primer mes y firmamos los papeles. Después, nos acercamos a la recepción y Ackermann y le dijo a la portera que “Herr Salceda hat die Wohnung Nummer neunzehn gemietet (el señor Salceda ha alquilado la vivienda número diecinueve)”. Todo en orden.
El departamento está vacío, por lo que tuve que ponerme en campaña para conseguir las cosas que necesito. Una mesa, sillas, la cama y otras cosas necesarias para la vida de todos los días. La primera recomendación que me hicieron fue la de visitar una casa de muebles usados, donde se puede conseguirlos en buen estado y a precios muy convenientes. Las cosas compradas pueden dejarse reservadas en el salón hasta ocho días, durante los cuales tendrán una etiqueta con la palabra Verkauft (vendido) y esta misma gente, además, se encarga de llevarlas si se paga el costo del transporte, que es de cuarenta y cinco euros por hora. En este lugar conseguí el armazón de la cama y una mesa con siete sillas por ciento noventa euros; pero como es un lugar en el que el stock depende de lo que vaya llegando, no pude completar la cama con su elástico y sus colchones.
Encontré otra casa de muebles usados cerca de donde tomo el tranvía para ir a trabajar los fines de semana; allí pude comprar lo que no había en el local anterior. Los dos elásticos y dos colchones de noventa centímetros por dos metros costaron doscientos treinta euros. Nada mal. En este caso, como que da cerca del lugar en el que voy a vivir, con un amigo vamos a trasladar las cosas a mano. Con esto, más un par de lámparas que me permitan ver de noche, ya puedo ir mudándome.
Para el final del texto de esta semana me guardé un poco de humor, pero del bueno, el inteligente. Juan, el cocinero vasco de El Rincón, nos hizo reír mucho en la noche del martes cuando nos contó de un dicho alemán que resume con gracia, y algo de autocrítica también, las distintas personalidades de los europeos según su país de origen.
Según los germanos, “el paraíso es aquel lugar en el que los ingleses se ocupan de la hospitalidad, los franceses de la comida, los italianos de la fiesta y los alemanes de la organización; el infierno, en cambio, es donde los franceses se encargan de la hospitalidad, los ingleses de la comida, los alemanes de la fiesta y los italianos de la organización”.
Me pareció genial y quería compartirlo con ustedes.
Hasta la semana que viene.

jueves, 2 de octubre de 2008

A asentarse otra vez

Lentamente está instalándose el otoño en Köln. Los días ya son mayormente grises y la temperatura anuncia implacable la cercanía de la estación fría, que a pesar de todo no amedrenta a los coloneses. Los que usan la bicicleta para sus movimientos habituales siguen haciéndolo y los fanáticos del footing o del trote al aire libre tampoco alteran su rutina. A lo sumo, agregan un poco de abrigo y siguen con las actividades de siempre, para las que nadie olvida la compañía de un reproductor de mp3.
Mañana, viernes 3 de octubre, en Alemania es feriado porque se conmemoran los dieciocho años de la reunificación que se produjo casi un año después de la caída del Muro de Berlín, derribado el 9 de noviembre de 1989. Escribí que se conmemoran y no que se celebran, porque me han contado que este hecho histórico no cayó de la misma manera a ambos lados de aquella bochornosa muralla.
Los medios periodísticos alemanes, como los de todo el mundo, dedican mucho espacio a la crisis internacional de los “mercados”. También en Alemania, los canales de televisión, las radios y los diarios concentran buena parte de sus esfuerzos en informar sobre el asunto que tiene a todo el mundo en vilo.
Cuando no paran de machacar con los “mercados” uno, y con esto van por adelantado las disculpas por mi ignorancia al respecto, se pregunta quiénes serán esas personas de semblante tan volátil que parecen contar con más devotos que cualquiera de los dioses de las religiones más practicadas del mundo. A uno le cuentan que los “mercados” se asustan por la guerra en Irak y por eso se dispara el precio del petróleo. Los “mercados” aprueban el salvataje de los bancos y las bolsas suben a niveles históricos, así como bajan cuando a esta buena gente no le gustan las novedades. No sé si estoy en lo cierto o escandalosamente equivocado, pero creo que no estamos hablando de la marea que sube y baja por cuestiones naturales que están fuera de la acción de los seres humanos. Se trata de intereses especulativos que, a pesar de los dolores de cabeza que aparentemente les generan, en algo deben beneficiar a quienes ostentan el poder en distintos lugares del planeta. ¿Cuántas veces se habló, por ejemplo, de gravar la actividad financiera con tono de amenaza? ¿Por qué nunca se concretó? Los famosos “mercados” ya habrían sido desintegrados o, al menos, limitados en esa omnipotencia que hoy demuestran para poner en vilo a todo el mundo de acuerdo al humor que les generan determinadas noticias. Si alguien tiene claro que no tengo ni idea del tema y puede responderme fehacientemente qué son exactamente los benditos “mercados” le ruego que se tome un tiempito de su vida para explicármelo. Realmente lo necesito y se lo agradeceré al que pueda hacerlo. Finalizado este llamado de mi ignorancia a la solidaridad, les propongo volver a la temática de este espacio virtual.
Por estos días, cuando se recorre esta querida ciudad llama poderosamente la atención que muchos edificios tienen montados andamios en su frente. Varios albañiles trabajan en cada uno de ellos en lo que parece ser una furia generalizada por reformar las fachadas. Como no me pareció normal la cantidad y sé que acá no se hace nada por arrebatos, se me ocurrió preguntar. La respuesta que me dieron es que no se trata, en realidad, de reformas estéticas. Lo que los consorcios hacen es aplicar aislamiento térmica a los lados expuestos de los edificios, con la finalidad de que sea necesaria menos energía para calefaccionarlos y, de esa forma, ahorrar. Pero el ahorro no sólo busca gastar menos por una cuestión meramente económica, sino –especialmente- por la necesidad de racionalizar el consumo. Gran parte del gas que compra Alemania proveniente de Rusia. El fluído es caro y, además, por las disputas geopolíticas en las que siempre están inmersos los rusos ya han amenazado varias veces con cortar el suministro.
También es interesante ver de qué manera se promueve el consumo racional de recursos como gas y agua potable. Cuando uno alquila un departamento, por ejemplo, al precio del alquiler se le agregan los Nebenkoste, que traducido al castellano serían los gastos paralelos. Los Nebenkoste vienen generalmente detallados en los avisos en los que se ofrece la vivienda o, si el anuncio dice, por ejemplo, € 500 kalt (frío), eso quiere decir que a ese monto hay que sumarle los gastos adicionales, que son calculados por funcionarios de entes especializados que han tabulado cuánta energía se necesita para calefaccionar un ambiente y cuánta agua se estima como consumo normal de los que habitan cada propiedad sobre la base de sus dimensiones y cantidad de ocupantes respectivamente. Cada año se hace un balance de la utilización de cada uno de esos servicios. Si no se supera la línea fijada, el precio será estable; en cambio, si al cabo de ese año se superó el límite establecido hay que pagar un fuerte sobrecargo; lo bueno está en que si se ha consumido notoriamente por debajo de esa cota, al inquilino se le reintegra una parte de lo que pagó por ocupar la vivienda.
Mi principal preocupación de estos días, más allá de lo relacionado con mi trabajo, es la búsqueda de un departamento para instalarme en los próximos meses, hasta mayo. La idea es quedarme en Ehrenfeld, este barrio al que, como les conté en textos anteriores, ya siento como mío porque desde que llegué me trató como si yo fuera uno de los suyos.

jueves, 25 de septiembre de 2008

De regreso

Cuatro meses pasé en nuestra querida Argentina, período durante el cual pude vivir de cerca acontecimientos muy especiales. La guerra sin cuartel entre el Gobierno y los productores del campo y la histórica votación en el Senado con el voto “no positivo” de Julio Cobos. Sentí un poco de vergüenza ajena cuando el "ex presidente en ejercicio" (genial ironía de Nelson Castro) vociferó su discurso horas antes de esa histórica sesión del Senado aludiendo a las mismas cosas de siempre, aunque no tuvieran mucho que ver con el tema. Los K deberían agradecer todos los días que haya existido una dictadura, ya que sin ella quedaría muy en evidencia que no tienen muy claro lo que significa conducir un país hacia delante. Está muy bien el deseo de justicia, eso no se discute. Pero sería bueno que también miren lo que está por venir y, de paso, mejoren un poco los métodos. Es poco presentable la presencia de los Moreno, de los Aníbal y los De Vido en un gobierno que tiene como eslogan “un país en serio”. No todos los que no comparten sus ideas son “golpishtash” ni integran “gruposh de tareash”.
Obviamente, no se cumplieron los plazos fijados en la entrada anterior. Este reencuentro debió haber sido hace más de un mes, pero, como muchos de ustedes saben, esta demora tan perjudicial para el lado materialista y profesional de mi personalidad me tiene como a una víctima. No fui yo, por acción ni omisión, el que retrasó mi regreso a Alemania; y antes de meternos en tema, quiero agradecer a todos aquellos que durante este lapso preguntaron los motivos de la ausencia de nuevos y hasta alentaron la continuidad del blog, a los que les respondía que por su naturaleza, y su título, no daba mucho lugar a escribir mientras permaneciera en Buenos Aires.
Como sea, ya estoy en viaje. Esta vez, el vuelo es directo entre Buenos Aires y Frankfurt y después el tren, el fantástico ICE (Inter City Express), hasta Köln. Ligué mal con el reparto de asientos. Estoy en la fila del medio, en la butaca que da al pasillo de la izquierda. A mi derecha, tres claros exponentes de esa nueva especie llamada a desplazar al “típico porteño piola”: tres “argentos”, de esos que tan bien nos hacen quedar alrededor del mundo. Quizás yo interprete mal el significado del término, pero entiendo por “argentos” a esos individuos que reúnen las peores características de nuestra idiosincracia y se sienten orgullosos de eso. Para que tengan una idea, estos tres muchachos se rieron un buen rato de la azafata de Lufthansa que no había podido servirlos habiéndolo probado en alemán y en inglés, cuando ellos no pudieron articular una sola palabra que no fuera en castellano salvo “beer” (cerveza, en inglés).
El viaje tuvo su momento tenso para mí. Cuando llegué al asiento que tenía asignado en el avión me di cuenta de que me había olvidado uno de los bolsitos de mano en la sala de espera junto a la puerta de embarque. Era justo donde llevaba los documentos y los dos pares de anteojos, todos elementos fundamentales. Le expliqué el problema a una de las azafatas y me dejaron salir. Recorrí la manga contra la corriente, ya que había sido uno de los primeros en subir y todos los demás pasajeros caminaban hacia adentro del avión mientras yo intentaba correr hacia afuera. Para mi alivio, cuando llegué al lugar en el que había estado sentado esperando el bolsito estaba ahí.
El vuelo fue impecable y las excelentes condiciones permitieron compensar buena parte de la media hora de demora que tuvimos en la partida. En el mismo avión, un Boeing 747 –el viejo y querido Jumbo, al que alguien alguna vez me definió como el Rolls Royce del aire por confort y prestación- viajaban Guillermo Vilas y todo los integrantes del equipo ruso de Copa Davis que perdieron la semifinal contra los nuestros en el parque Roca. En la fila para el trámite de Migraciones, un argentino felicitó a Nikolay Davydenko por la protesta que presentó ante el árbitro porque David Nalbandián había levantado a la gente en el lapso que transcurrió entre dos puntos del partido que jugaron en la mañana del domingo.
La llegada a Köln fue en la tarde del martes. Ahora estamos en la complicada tarea de buscar un lugar donde vivir. Digo estamos porque tengo que hacerlo con ayuda, ya que mi alemán no es suficiente para la búsqueda y, especialmente, para la negociación. Mientras tanto, mi amigo Gustavo Flamma y su familia hacen gala de su enorme generosidad aguantándome en su casa mientras encontramos una para mí.
Mañana tendré mi primer partido de esta temporada. Se enfrentan Colonia, el equipo de esta ciudad, y Schalke. Los hinchas locales no son muy optimistas; su rival es el único líder de la liga y los coloneses tuvieron una vuelta resbaladiza a Primera División, con una victoria, dos empates y dos derrotas en cinco partidos, con el agravante de que como local todavía no ganó y la última presentación en casa fue un duro 0-3 contra Bayern Múnich.
La ciudad está hermosa, igual que como la había dejado cuando viajé a la Argentina cuatro meses atrás. Después de un par de horas de haber llegado ya me sentía como si nunca me hubiese ido. Eso pasa, supongo, con los sitios en los que uno se siente a gusto, como todos ustedes saben que me siento en este lugar del mundo tan distante y tan distinto del nuestro, en el que está previsto que viva los próximos ocho meses de mi vida.

lunes, 14 de julio de 2008

Un año más de blog

Ahora sí no hay ninguna duda. Está todo acordado y confirmado, por lo que el lunes 11 de agosto volaré otra vez hacia mi querida Köln para otra temporada de la Bundesliga. Había algunos detalles que ajustar y no quería dar el viaje por hecho hasta que ellos no estuviesen totalmente resueltos. Es muy justo que reconozca el apoyo que recibí en la radio para esta nueva etapa en Alemania, tanto de las autoridades del equipo de deportes como de las de la empresa, ya que de los últimos, sinceramente, no esperaba semejante sostén.
La negociación de las condiciones de mi continuidad con la gente que me contrata en Alemania estaba cerrada desde mayo, antes del regreso a Buenos Aires. Restaba ratificar el acuerdo al que me referí en el párrafo anterior y resolver algunos otros puntos importantes que también hacen a mi ida, mi vida y mi trabajo en Köln.
Algunos amigos argentinos emigrados a distintos puntos del mundo con los que mantengo contacto fluido me preguntan cómo encontré todo cuando llegué de vuelta, allá por el 20 de mayo. La respuesta a ese interrogante es siempre difícil porque cuesta determinar desde qué punto de vista intentarla. De arranque, y con los últimos sucesos en consideración, es imposible tener una mirada positiva. Me tocó estar en Buenos Aires durante los peores meses del conflicto entre el Gobierno y el campo. Lo que pasó –lo que pasa, porque todavía no fue superado- causa una mezcla de sensaciones. Las rutas cortadas dejando a pueblos y ciudades enteras al borde del desabastecimiento. Los productores desechando parte de su producción, que, ante la decisión de descartarla, pudo haber sido entregada para gente con necesidades o urgencias. Los K mandando a desalojar un corte en la ruta 14 y permitiendo desde hace dos años otro a no más de cuarenta kilómetros de ahí, como si se tratara de cortes diferentes. En realidad, sí lo eran para ellos. El de la 14 era hecho por los “otros”, mientras que al del puente San Martín lo sostenían “amigos”. Es en ese tipo de actitudes donde dejan bien claro haber tomado las enseñanzas políticas de quien, dicen ellos, es el espejo en el que se miran. “A los amigos, todo; a los enemigos, ni justicia” decía el dueño de la imagen que les gusta poner a Cristina y a Néstor a sus espaldas en cada acto. Ellos obedecen al pie de la letra esta cuestionable máxima; y así nos va.
En estos días fue una tarea más que engorrosa llenar el tanque de combustible, gasoil en mi caso. Primero, un largo peregrinaje por las estaciones de servicio hasta encontrar una en la que hubiese. Como soy socio del ACA, cargo en sus estaciones a $ 1,80 el litro. Hoy, tras veinte minutos de cola, el empleado nos dice a los que estamos en la fila que se acabó el gasoil. Con el tanque casi seco, tuve que caer en Shell, que tiene dos tipos de este combustible. Uno, el normal, vale $ 2 el litro y escasea. El otro, el más refinado, cuesta $ 2,40. De ese no hay problemas de stock y se puede cargar tanto como se desee, además de la posibilidad de pagar con tarjeta. Linda gente.
Otra de las cosas que tuve que hacer fue hacer los trámites para cambiar de banco, ya que la radio ha optado por otro para hacer los depósitos de nuestros haberes. Todo es difícil, complicado y engorroso; siempre falta un papel, una constancia o una fotocopia de algo. También tuve la desgracia de perder mi tarjeta de débito y los amables señores del HSBC se tomaron un mes para entregarme el reemplazo. Eso es respeto por el cliente; no como los del Sparkasse Köln-Bonn, que en diez minutos te tienen hechos los trámites para abrir la cuenta y a los dos días te hacen llegar la tarjeta a tu casa.
Esta etapa en la Argentina también coincide con los cumpleaños de mis sobrinos. El 29 de junio viajamos a Chillar, provincia de Buenos Aires, para festejar los cuatro años de Camila, que cada día está más grande, más viva, más linda y más pegada a la madre, cuyas ausencias momentáneas le produce cierto grado de desesperación. Camila está en una etapa en la que necesita tener a su mamá siempre a la vista. Posiblemente, el cambio de vida derivado de la mudanza decidida por sus padres esté afectándola, aunque allá tiene a sus tías y a sus otros abuelos; ellos la miman tanto como nosotros. Ian cumplirá seis el 26 de julio y está haciendo su último año de preescolar. Él también da muestras de crecimiento todos los días en todos los aspectos a excepción de los dientes, que a pesar de habérseles caído hace tiempo –uno de ellos por un golpe que se dio contra el piso- todavía no dan señales de estar reapareciendo.
Es en mis sobrinos, especialmente, en quienes pienso cuando pasa todo a lo que aludo en los párrafos precedentes.
¿Qué Argentina vivirán ellos?

martes, 3 de junio de 2008

Delicias de la vida cotidiana

Sábado 31 de mayo. Tuve mi primera transmisión desde un estadio después de mi llegada a la Argentina y mi reincorporación a la radio. Pasadas las 23 terminó el partido entre Banfield y Newell’s en el estadio del Taladro. Ni bien el árbitro pitó el final, la Policía invitó a los hinchas rosarinos a dejar la tribuna visitante sin darle tiempo ni siquiera para festejar el inmerecido triunfo de su equipo por 1 a 0. Los efectivos de la Infantería vienen bajando desde lo más alto y van arreando –ningún término se ajusta mejor- a los aficionados hacia la salida de la calle Peña.
Enfrente, en la cabecera que da a Gallo, están los de Banfield. La mayoría sentados, algunos otros de pie; están esperando que les permitan la salida, cosa que sucederá media hora después, una vez que los micros con los rosarinos ya estén en el camino de regreso a su ciudad.
La noche está fría y, viendo a la gente desde la cabina, uno no puede evitar pensar en las cosas a las que tenemos que recurrir por culpa de nuestro comportamiento. La mayoría de esas personas podría estar en sus casas pocos minutos después de terminado el partido, pero la hipótesis de conflicto que rodea a casi cualquier encuentro obliga a estos procedimientos y a sitiar los alrededores de cualquier estadio del fútbol argentino como si se tratara de una guerra. No sólo es cuestión de las barras bravas; los demás hinchas también entonan las canciones que, lejos de ser de aliento para el equipo, en una abrumadora mayoría aluden a la propia hinchada, a sus “huevos”, a su “aguante”, a su odio a la Policía y a los placeres de ir a la cancha “re loco”, borracho o drogado. No sólo los barrabravas gozan más de los triunfos por lo que éstos pueden generarles a los clásicos rivales que a sí mismos; de la misma forma, una caída del “enemigo” les provoca una alegría tanto o más intensa que la derivada de un logro propio.
Pregunto, sólo pregunto: ¿no será que tenemos el fútbol que nos merecemos?

Lunes 2 de junio, minutos antes de las cuatro de la tarde. Como todos los días a esa hora estoy camino a la radio. Vengo con tiempo, muy tranquilo, por la avenida San Juan y debo girar a la izquierda para tomar 9 de Julio. Una vez que el semáforo se pone en verde, avanzo hasta pasar el carril que va hacia el sur y, con la luz de giro encendida, me freno antes de la senda peatonal para permitir el cruce de los peatones que por la vereda iban en el mismo sentido que yo. Como un acto reflejo, antes de parar totalmente el coche miro por el espejo; detrás de mí queda un auto blanco manejado por un señor cincuentón de bigotes. Las que cruzaban eran aproximadamente diez personas de diferentes edades y, por lo tanto, diferentes ritmos de caminata. En la espera no se fueron más de quince segundos.
Una vez que terminan de cruzar todos, completo el giro y tomo la avenida más ancha del mundo (¿lo será todavía?) hacia el norte, con el Obelisco de frente. El cincuentón me aparea y me menea la cabeza como para hacerme entender que no me entendía. Menea la cabeza insistentemente, por lo que en el siguiente semáforo, el de Carlos Calvo, paro al lado de él, abro la ventanilla y le pregunto cuál es el problema.
-“¿Por qué no estacionás también para dejar cruzar a la gente?”, me dice tan socarronamente como intentaré responderle.
-“Los que cruzaron son personas como vos y esto es una ciudad donde vive gente, no animales”, contesté.
-“Sos un puto; ¡puto, puto! ¡Andá a la puta que te parió, puto!”, gritó el cincuentón haciendo gala de su más refinada urbanidad, a lo que, como a su ironía anterior, respondí; con algo de vergüenza debo confesar que lo hice con una violencia verbal un poco mayor a la de su ataque. Sé que estuve mal, pero el motivo de mi bronca fue que, más allá de sus pésimos modos, nunca entendí qué habría querido este hombre que yo hiciera. ¿Debía poner la trompa del auto entre los peatones para cortar la fila y pasar diez segundos antes que lo que finalmente lo hicimos? ¿Debía pasar antes que ellos para ahorrar los quince? Ya no sólo el señor dejó en claro que él no les habría permitido cruzar, sino que también se enojó porque otro lo hizo.

Posiblemente alguno me recuerde, como si no lo supiera, que esto es común acá y se sorprenda al leer este comentario; y sí, obviamente, sé que este tipo de cosas es moneda corriente entre nosotros. Esta es la clase de detalles a los que me refiero cuando digo que en muchos aspectos podríamos vivir mejor con sólo tomar la decisión de hacerlo, ya que no es necesario invertir dinero para poder llevarlo a cabo. Esta es la clase de detalles por los cuales, e independientemente de los que nos exceden, degradamos nuestra calidad de vida.
Este texto no fue escrito con la misión de pontificar sobre los temas a los que alude. Lejos de eso, tiene la humilde intención de recalcar las cosas que hacemos mal, desde la experiencia de haber visto que en otros lugares se manejan de otra manera. Son más civilizados, se respetan más y, por eso, viven mejor.
¿Por qué nos costará tanto entenderlo?

lunes, 26 de mayo de 2008

Desde mi Buenos Aires querido

Alguno me dirá –y yo mismo lo pensé en un principio- que el título del blog podría dejar fuera de contexto cualquier entrada escrita durante mis días en la Argentina, que se extenderán, como mínimo, hasta mediados de agosto próximo. Pero es más fuerte que yo, cosa que, imagino, sabrán disculpar.
Hace casi una semana que estoy de vuelta. En ese lapso, me puso feliz comprobar in situ que mis padres están muy bien después de algunos problemas de salud que ustedes conocen; también me gratifica ver que mi familia en general la pelea y ni hablar de lo cada vez más grandes, hermosos y lúcidos que están Camila e Ian. El jueves, mi hermana llamó a mi casa un rato antes del mediodía para decirme que Ian quería que lo llevara al jardín y que a la tarde fuera a buscarlo. Creo que no hace falta que les diga que, obviamente, alteré los planes que tenía esa tarde para poder cumplir con el pedido de mi sobrino.
Un día antes había llevado la notebook al servicio técnico. Un muchacho muy atento la recibió, tomó nota de los datos y me dijo que en cuarenta y ocho horas me mandarían un correo electrónico para decirme cuál era el problema por el que había dejado de funcionar. Me llamó gratamente la atención tanta presteza, pero la ilusión duró, como diría Sabina, lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. El viernes, el mail no había llegado. Cerca de la hora del cierre del local llamé para preguntar y atendió el mismo pibe, que ante mi reclamo por el vencimiento del plazo que no yo sino ellos mismos habían impuesto para el diagnóstico agregó que podían ser cuarenta y ocho o setenta y dos horas. Después de agradecerle su tan amable como poco fructífera atención y cortar me dije: ¡Estás de vuelta, bienvenido!
Uno de los temas argentinos que más ruido hicieron durante mis meses en Köln, además del conflicto entre el gobierno y los productores rurales, fue el de la inflación. Estos primeros días de regreso en Buenos Aires me van acercando a una percepción real, que podría corroborar –o no- los benditos índices que dibujan descarada e impunemente los Moreno’s boys. El litro de gas oil, que cuando me fui estaba a $ 1,59, ahora está a $ 1,80. En diciembre me cargaban todo lo que estuviese dispuesto a pagar o cupiera en el tanque; ahora, donde hay, está racionado. En la cena con el grupo de fútbol, este jueves pagamos cincuenta pesos por lo mismo que en la despedida de enero rondaba los cuarenta. Aunque no es un gasto que pueda contarse entre las necesidades, el alquiler de la cancha por una hora se fue de sesenta a setenta pesos. Son sólo tres rubros en los que el promedio de incremento es de más del 17% en tres meses. Sin hacer valoraciones acerca de la justificación que pudiesen tener o no estos aumentos, es innegable que tienen una fuerza mucho mayor que la que les reconocen en la Casa Rosada, que se empeña en tomarnos por idiotas e intenta diariamente convencernos de que el Sol sale de noche y la Luna alumbra de día.
También vale la comparación de algunos precios entre Köln y Buenos Aires. El litro de gasoil cuesta allá (en Alemania) algo menos de € 1,40. Por una comida similar a la que disfrutamos el jueves se puede llegar a pagar alrededor de € 30 y la cancha, por una hora y media, nos cuesta € 80. Medio litro de gaseosa en un kiosco se vende a € 1,50 y un litro de yogur bebible de excelente calidad € 0,90. Un bife bien servido de trescientos gramos de carne importada desde nuestro país se paga en Köln entre quince y veinte euros. ¿Cuánto cuesta el mismo plato en algún restaurante de Buenos Aires, a muy pocos kilómetros del lugar en el que la infortunada vaca estuvo pastando hasta horas antes de ser nuestra cena?
Muchos están advertidos, pero a los distraídos les recomiendo no hacer la conversión cambiaria de estos valores a pesos, ya que eso les dará una idea distorsionada de la comparación. Para establecerla correctamente hay que tener en cuenta cuánto cuesta ganar un euro –en este caso en Alemania- y cuánto cuesta ganar un peso en la Argentina y a qué se accede con eso en cada lugar. Ese cotejo nos dejará más que claro que en el imperio de los pingüinos la vida nos resulta bastante más cara que en el Primer Mundo.
En estos días también me reencontré con mi auto y con el placer de manejarlo. Otro tema difícil. Casi nadie respeta las normas de reglamentación y, mucho menos, las que podríamos llamar de cortesía. Entre nosotros, cuando un peatón quiere cruzar por un paso habilitado debe esperar a que no pase ningún auto, ya que difícilmente algún conductor se detendrá para permitirle el cruce. Casi no se usa la luz de giro para cambio de carril, cuando con algo tan simple como eso se puede evitar la necesidad de maniobras bruscas en plena marcha. Los profesionales del volante, paradójicamente, son los que más infracciones cometen y con menos consideración se conducen, como si el hecho de estar trabajando los eximiera de acatar las mismas reglas que rigen los movimientos de todos. Todo esto conduce al caos cotidiano y para mejorarlo no hace falta vivir en un país rico, sino tomar la decisión de hacer un poco más llevadera la vida de todos los días.
Hoy será la jornada de la reincorporación a la radio, al trabajo de todos los días en ese lugar que tanto quiero y en el que comparto las tareas con varios compañeros, algunos de los cuales, en el transcurso de los años, han pasado a ser amigos muy queridos. La vuelta a la actividad en Continental será el último paso hacia el regreso a la normalidad.

martes, 20 de mayo de 2008

De vuelta

Mi computadora portátil, por alguna razón que escapa largamente a mis escuálidos conocimientos sobre informática, ha decidido plantarse justo un día después de haber terminado la temporada de la Bundesliga, para la cual ha sido de enorme utilidad durante mi trabajo en Alemania. Por eso este texto, justo el que refiere a las últimas horas en Köln, demoró en aparecer.
La semana de despedida fue algo vertiginosa. Muchos preparativos para el viaje de vuelta a Buenos Aires más las cosas que había que dejar en orden allá consumieron gran parte de las horas y de la energía. Climáticamente, todo fue bárbaro. Temperaturas más que agradables y sol casi permanente, tanto como reacio a mostrarse fue durante el invierno. El ritmo se mantuvo como siempre, aunque las ventanas y balcones y vidrieras de toda la ciudad estuvieron matizadas por el rojo y el blanco que hicieron notar la alegría y el orgullo por la vuelta a Primera del FC Köln.
También tuvimos las conversaciones por mi eventual vuelta para la próxima temporada. Todo anduvo muy bien y no hubo diferencias de importancia, aunque es un poco pronto para la respuesta definitiva. Son varios los aspectos que pesan en una determinación como esta. Pero estén tranquilos, ya que no volveré sobre ellos porque los detallé en muchos de los textos anteriores cada vez que me referí al tema.
El viernes a la mañana bien temprano –cuando digo bien temprano digo las ocho- estaba sentado en el tranvía que me lleva hasta donde me esperaba mi jefe para acompañarme a hacer el trámite de Abmeldung (baja) en la oficina de extranjeros, aquella que está en Bergisch Gladbach. Cuando entramos a la sala de espera tomamos un número y miramos la pizarra electrónica para saber por cuál iban. En ese momento llamaban al veinte y nosotros teníamos el cuarenta y cinco. Sin embargo, la espera no fue tan larga; media hora después de haber llegado, aproximadamente, me toca pasar al escritorio tres y comenzamos con el trámite. No fueron más de cinco minutos lo que le tomó a la empleada encontrar mi ficha en el sistema, llenar ella misma el formulario y recomendarme guardar ese papel verde para el caso de que regrese en agosto, ya que no tenerlo e intentar una nueva alta podría generarme un problema legal y, obviamente, la negativa a entregarme un nuevo permiso de residencia en Alemania.
Volvimos a Köln en tren, ya que mi jefe había dejado su auto en la ciudad la noche anterior. Como no había desayunado, en una de las Bäckerei (algo similar a nuestras panaderías) compré dos Schokocroissant, unas medialunas grandes rellenas con chocolate que explotan de lo ricas que son y que disfruté en el viaje entre la estación de Bergisch Gladbach y el Hauptbahnhof de Köln, donde aproveché para comprar el boleto de ICE (Inter City Express, el tren de alta velocidad alemán). Con él, a cambio de cincuenta y ocho euros, se recorren los doscientos diez kilómetros que separan a Köln del aeropuerto de Frankfurt en alrededor de una hora con una parada en las cercanías de Bonn, que era la capital de la ex Alemania Occidental. Ya les conté de las bondades de este servicio en uno de los primeros posteos de este blog.
Una vez en el aeropuerto, lo de siempre. La fila para hacer el check in era bastante larga, pero la gente de TAM había dispuesto varios mostradores y se avanzaba rápidamente. Detrás de mí había una chica alemana, que en un momento me pregunta algo y comenzamos a charlar, cosa que sólo fue posible gracias a su muy buen castellano, con verbos conjugados correctamente y todo. Esa misma chica, muy agradable, fue mi compañera de asiento en la fila catorce, asientos A y C, y puso el broche cómico al viaje cuando estuvo a punto de enchufar los auriculares de doble plug en el toma corriente de 110V que hay en muchos respaldos para proveer de electricidad a los viajeros con notebook. Aunque en ese momento estaba distraído escuchando la música de mi reproductor de mp3, llegué justo a decirle a Antje, oriunda de Dresden y rumbo a Chile a ver a un amigovio trasandino, que estaba por cometer un error peligroso. Por las dudas, aclaro que el error habría sido el de insertar el doble plug en el enchufe equivocado.
Los vuelos –de Frankfurt a San Pablo y de ahí a Buenos Aires- fueron perfectos. No sé si es porque me gusta tanto volar, pero no recuerdo haber pasado nunca un mal rato a bordo de un avión. Salvo por el detalle de que me cuesta horrores conciliar el sueño por la incomodidad del espacio reducido, disfruto mucho de los viajes aéreos.
Cinco minutos después del mediodía de este martes aterrizamos. Curiosamente, no había alboroto, huelga ni nada que demorara nuestra salida del aeropuerto más allá de la espera por el equpaje. Todo fue rápido; y una vez que abandoné la zona restringida, mis sobrinos corrieron a buscarme apenas me vieron. Sólo eso bastaría para justificar un viaje que, desde que tomé el tren en Köln hasta que el avión tocó tierra en Ezeiza, se llevó veintitrés agotadoras horas.
Serán, como mínimo, dos meses y medio en Buenos Aires; reuniéndome con la familia, los amigos –que afortunadamente son muchos-, trabajando otra vez en la radio y meditando profundamente los próximos pasos.