jueves, 5 de febrero de 2009

La convivencia con lo inaceptable

Hay cosas a las que uno está habituado y no les presta demasiada atención cuando forman parte de su cotidianeidad. Nos hacen más difícil la vida, las padecemos. A pesar de todo esto, nos acostumbramos a la acumulación de sinsabores y, con el paso del tiempo, elaboramos anticuerpos que nos permiten sobrellevarlos mejor en primera instancia y naturalizarlos después, casi olvidándonos de su efecto indudablemente perjudicial. Pero con la perspectiva que dan la distancia y el tiempo vivido fuera del país, la comparación de estas características con otros modelos las convierte en desagradables, molestas o, directamente, inadmisibles.
Alemanes y personas de otros países con los que me encuentro más o menos cotidianamente sienten mucha curiosidad por la Argentina. Saben, obviamente, de Maradona; también del tango, del Che Guevara, de Eva Perón y, más recientemente, tienen a Messi como una referencia de nuestra nacionalidad y mis vecinos germanos siempre le agradecerán al genio de Pekerman no haberlo puesto contra ellos en el partido por los cuartos de final del último Mundial, en el estadio olímpico de Berlín. Últimamente, y como uno de los efectos beneficiosos de la globalización, también cuentan con mucha información acerca de los atractivos turísticos que nuestros país les ofrece a los extranjeros que se interesan en visitarlo.
Cuando los encuentros con esas personas empiezan a ser sucesivos, quieren saber un poco más. Los alemanes me preguntan si me gusta vivir en su país. Les respondo que sí, que me gusta mucho. Quieren saber qué es lo que más me gusta de vivir en Alemania. Les contesto que hay muchas cosas que me atraen y les cito el orden, la previsibilidad, el respeto que reina en cada acción de la vida cotidiana y la posibilidad que entrega este país de vivir tranquilamente. El problema viene cuando me piden que les cuente qué tan diferente es la Argentina en los rubros que cité recién. Cuesta mucho explicarle a alguien que no conozca más o menos profundamente la realidad argentina que efectivos policiales participan de un secuestro extorsivo; más difícil aun es que entiendan –de hecho a uno mismo le cuesta hacerlo- que el secuestrado es hermano de una persona que, según lo que entregan versiones bien informadas, mantenía negocios no del todo transparentes con policías, que lo secuestran con la doble intención de sacarle dinero y marcar territorio ante una avanzada del gobierno de la provincia sobre los cuadros corruptos de la institución.
Es demasiado cuesta arriba hablar sin ruborizarse de los Kirchner –los dos-, D’Elía, Moreno, Moyano, Ulloa -hablo de Rudy, el chofer K devenido en tiempo record en poderoso empresario de los medios-; y ni mencionar el escaso valor que tiene la vida y que queda de manifiesto en tragedias como la de Cromañón, la irresponsabilidad con la que en general nos movemos en el tránsito y, especialmente, la inseguridad metropolitana que, mal que le pese a otro poco presentable como Aníbal Fernández, es bastante más que una sensación. Todo esto sin mencionar un tema del que ya nos hemos ocupado muchas veces, que es el de lo humillante que puede resultar tener la poco feliz idea de ir a ver un partido de fútbol. Pero en este caso puntual y a esta altura, por tratarse de una actividad que no influye decisivamente en la vida de nadie, el que decide es corresponsable de su desventura.
También es complicado que entiendan el famoso problema de las monedas, al que ahora parecen haberle encontrado la solución. La Presidente anunció que en tres meses estará funcionamiento un sistema mediante el cual la gente podrá acceder a los transportes con una tarjeta recargable, lo que hará que no sea imprescindible la portación de monedas para poder viajar. Ese dispositivo, siempre según palabras de la señora Fernández de Kirchner, permitirá terminar con el “negocio” de los acaparadores del dinero metálico, además de permitir un control más exacto de las variables que inciden en el cálculo de los subsidios que el Estado argentino, en los hechos todos nosotros, les otorga a los prestadores privados del servicio de transporte público. Obviamente, los empresarios del sector no están nada conformes con la idea de tener que rendir cuentas, cuando al recibir fondos estatales las auditorías deberían ser cosa frecuente y de ninguna manera molesta, salvo que haya algo que es mejor que no se sepa.
Pero hay más. Imitando lo que se hace en lugares que socialmente están mucho más avanzados que nosotros, se decide implementar el registro de conductor por puntos, que no voy a explicar porque todos los que están leyendo esto saben de qué se trata. Pero como una muestra más de las cosas raras que nos pasan, los más fervientes opositores son los taxistas y colectiveros, justamente los profesionales del volante, los que debieran sentirse aliviados. Lo más absurdo es que el argumento con el cual se oponen a la iniciativa es que la medida atenta contra las fuentes de trabajo. Tranquilos, muchachos. Nada pasará si no cometen infracciones; y si lo hacen, ¿por qué tener privilegios? Pero no, en eso no piensan; si no les gusta, enseguida arman una marcha con que hacen colapsar el tránsito en el centro; y que los demás se jodan. La reacción de mis interlocutores ante esto es una sonrisa repentina y un arqueo de cejas, mezcla de sorpresa e incredulidad; y la mía, de un poco de vergüenza.

jueves, 29 de enero de 2009

Pequeños apuntes de un consumidor

Con mi amigo Mauricio Monte siempre comentamos, él desde su experiencia italiana y yo desde la alemana, cómo nos llama la atención la comparación de los precios de algunos elementos de primera necesidad con respecto a lo que se paga por ellos en Argentina. Siempre terminamos acordando que, en relación con los ingresos medios que la gente percibe acá, la vida no es cara.
En esas conversaciones, que se repiten casi semanalmente, tratamos de aportar detalles que nos permitan llegar a conclusiones más sólidas, que, como podrán imaginar, mientras más sólidas son más tristeza nos producen; y en este texto incluiré algunas de esas referencias, para que ustedes puedan elaborar sus propias ideas y también, mediante los comentarios que tengan ganas de hacernos llegar, ayudarnos a que las nuestras sean más ajustadas.
Veamos: con la abrupta y pronunciada baja del precio internacional del petróleo aquí cayeron notoriamente los precios de los combustibles. Para citar el ejemplo que mejor conozco por haber tenido un auto diesel mientras estuve en nuestro país, el gas oil pasó de costar casi 1,40 a un poco más de 1,00 lo que, sin hacer cuentas demasiado finas, nos muestra una disminución del 28%. ¿En qué proporción bajaron en Argentina los derivados del petróleo desde el derrumbe del precio internacional del barril?
También vale la pena detenerse en el valor de algunos elementos de primera necesidad. Un paquete de seis botellas de un litro y medio de agua mineral cuesta un 1,20, lo que equivale a 0,20 por unidad. Si hiciéramos la relación por el método equivocado, como es el de calcular el cambio de moneda, la misma botella de agua saldría 90 centavos de peso. Un kilo de azúcar refinada cuesta 80 centavos. Por un kilo de yerba brasileña para tomar mate al estilo uruguayo como me enseñaron mis amigos maragatos tuve que pagar en Roma 4 euros. ¿Cuánto hay que pagar en cualquier supermercado argentino por estos productos?
El martes, tal como había contado en el texto anterior, tuve mi primera clase de alemán en Alemania. Fui el tercero en llegar al aula número seis, en el primer piso de la sede de la Volkshochschule de la Agrippastraße. Me senté en el fondo para tener el pizarrón bien de frente. Cuando llegó el profesor, y como es habitual, cada uno a su turno debió decir su nombre y de dónde venía. En el grupo hay dos españoles, una polaca, una lituana, una jamaiquina, dos griegos y una chica de Benín, un país del oeste de África situado entre Nigeria y Togo. Hay otros compañeros que, como llegaron tarde, no participaron de la ronda y no pudimos saber de qué países son oriundos.
El profesor habla lento y muy clarito. Nos entrega unas fotocopias con ejercicios de prueba, como para refrescar algunos conceptos básicos de gramática. Los vamos haciendo por series de siete y entre todos los revisamos. Con esto comprobé lo buenos que son los profesores que tuve en el Goethe Institut de Buenos Aires, ya que lograron que entendiera esos conceptos gramaticales cuando me los explicaron hace un par de años. A la mitad de la clase nos propone una pausa de diez minutos, que algunos aprovechamos para ir al baño y otros para fumar, para lo que tienen que ir hasta una sala que hay en la planta baja. Después sí ya agrega algunos nuevos conocimientos y, antes de irnos, nos recomendó la compra de un libro que en su versión más cara, la que incluye un disco compacto de apoyo, cuesta catorce euros. Acá también podríamos mencionar el tema de los costos. ¿Cuánto habría que pagar en Buenos Aires por un libro de esas características?
Cuando me fui a Argentina, en mayo, le dejé a otro amigo, Gustavo, una bicicleta. Él la usó y, una vez, la dejó atada a un árbol en una esquina de la ciudad que no está muy lejos de casa. Pasó el tiempo; cuatro meses, más precisamente. Hace pocos días, Gustavo me dio la llave del candado para ir a buscarla; y ahí estaba la bicicleta, justo frente a la puerta del supermercado Rewe, el mismo que figura en la camiseta de Colonia, el equipo de fútbol de esta ciudad. No estaba en el mejor estado, pero no le faltaba nada. Hablé con Thomas Schumacher, aquel amigo alemán que alguna vez les mencioné que me había regalado una, para llevársela para repararla. Thomas tiene un enorme local en el que se dedica a la venta de bicicletas de todo tipo y todos los accesorios que se puede necesitar, como cascos, luces, candados o indumentaria para ciclismo. Apenas llegué le dije que se la dejaba y me dijera cuándo tenía que pasar a buscarla. Me preguntó si tenía tiempo y le respondí que sí, por lo que me dijo que esperara una hora y podría llevarme la bicicleta en condiciones. Se cumplió ese lapso y, a cambio de veinte euros –precio de amigo- me la entregaron con las luces y su respectivo cableado renovado, así como todas las piezas que estaban flojas perfectamente ajustadas.
Después de una larga espera, demasiado para mi gusto, finalmente llegó el fin de semana de la vuelta al trabajo. El sábado debo volver al estudio para relatar el partido entre Colonia y Wolfsburgo, mientras que el domingo puedo llegar a tener un duelo lleno de goles con la visita de Arminia Bielefeld a Werder Bremen, un equipo con un gran poderío ofensivo y una clamorosa endeblez defensiva.
La garganta está lista para el regreso; ojalá que estos cuatro equipos la exijan al máximo.

jueves, 22 de enero de 2009

Lo mejor está en el final

En el texto del 30 de octubre último me gané la mirada torcida de muchos amigos, cuando manifesté que no me parecía apropiada la designación de Diego Maradona como entrenador de la Selección. Di mis argumentos y también dije que con mucha felicidad reconocería mi error si hubiese razones para hacerlo.
Todavía es demasiado temprano para determinarlo, pero debo decir que se me va dibujando una sonrisa, como un pequeño inicio de esa felicidad. Como quedó escrito en este blog, tuve la posibilidad de cubrir el debut de Diego como entrenador en Glasgow con aquel partido ante Escocia; y a partir de allí me mantuve particularmente atento a la gestión de nuestro máximo ídolo futbolístico a cargo del equipo nacional.
Debo decir que estoy gratísimamente impresionado por la forma en la que Diego asumió este compromiso, haciendo lo que su antecesor se negaba sistemáticamente a hacer: viajar permanentemente para estar cerca de los jugadores, verlos en acción en la cancha, hablar con ellos, saber qué piensan, cómo se sienten y tener una impresión de cada uno de ellos sin intermediarios. También da gusto ver como él, sacando provecho de lo que su figura representa en el fútbol del mundo, se toma el desgastante trabajo de negociar con los entrenadores y los dirigentes de los clubes la cesión de los futbolistas para los compromisos de nuestro seleccionado. Otro dato saludable fue el corte que le dio al tema de Oscar Ruggeri, lo que en otro momento habría sido una chispa capaz de generar un incendio. Todos, empezando por el mismísimo Diego, sabemos que Ruggeri no es imprescindible. Por eso, con buen criterio, el “Diez” aseguró que si no puede contar con él trabajará de la misma forma.
Todavía mantengo algunas reservas, que, como dije también en aquella nota de octubre, tienen origen en la conducción política de la AFA. Quería expresar todas estas cosas antes de que la Selección siga jugando, ya que estos son aspectos elogiables independientemente de resultados que el equipo obtenga dentro de la cancha. Ojalá Diego siga así; y mejor.
Volvamos a Colonia, esta ciudad que después del frío extremo de los primeros diez días del año ahora está otra vez a pleno. En la tarde del martes me fui a la Volkshochschule, una escuela en la que se puede aprender idiomas. Mi intención es la de retomar el estudio del alemán. Algunos que ya sabían de esta iniciativa me preguntaron, con razón, por qué no lo hice antes. La respuesta es que recién ahora me siento con las ganas suficientes para asumir el compromiso sin correr el riesgo de dejarlo a poco de empezar.
El edificio central de la Volkshochschule está frente a Neumarkt, un nudo de transporte en el centro de la ciudad. La primera sorpresa que tiene el edificio son unos ascensores que no se detienen nunca y no tienen puertas. Uno se sube cuando la caja está pasando y se baja cuando para por el piso al que se desea ir; en cada uno de ellos caben dos personas. Me mandan al segundo piso y de ida no me animo con estos aparatos extraños; prefiero las escaleras. En un salón, hay dos profesoras que atienden a los interesados. Cuando llega mi turno le explico a una de ellas que quiero retomar el curso de alemán que empecé hace años en Buenos Aires; le cuento hasta qué nivel había llegado y ella me ofrece hacer una pequeña prueba como para saber cómo estoy. Me entrega dos hojas; una tiene un texto con palabras incompletas y frases con espacios en blanco para examinar el uso de artículos, declinaciones y conjugaciones de verbos. En la segunda tengo que escribir un par de oraciones eligiendo uno de los temas que ahí se proponen.
Veinte minutos después vuelvo al escritorio para entregárselo. Lo revisa y a la primera hoja la califica con un 43/60 y me dice que la pequeña redacción está bien hecha en general. La profesora me muestra la variedad de cursos y los precios; elijo para cursar los martes y jueves de 18.30 a 21.30. Todo este trámite, con el examen incluido, no se llevó más de una hora. Antes de despedirnos me entregan un mapa para orientarme, ya que mi curso no se dicta en ese mismo edificio sino en otro sito a cuatro cuadras de ahí.
Cuando voy a tomar el tranvía de vuelta a casa me doy cuenta de que no tengo monedas para sacar el boleto; como Neumarkt es un punto muy importante de la red de trasporte público colonés, hay ventanillas y expendedoras automáticas que aceptan el pago con tarjeta de débito. Pero si me hubiese quedado sin monedas en cualquier otro lugar, podría haberlo resuelto sin inconvenientes. En cualquier comercio se puede entrar y pedir cambio en monedas para viajar; y nunca me pasó que me lo negaran, al contrario; y hoy, conversando por internet con mi amigo Mauricio Monte, residente en Roma, comentábamos la vergüenza que representa que un prestigioso diario español, El País, haya elegido el problema de las monedas como uno de los dos temas por los que la Argentina le llamó la atención en la edición digital de hoy, mucho más cuando el periodista detalla que el eje del problema está en la maniobra de quienes tienen la posibilidad de acapararlas, para luego venderlas a un costo mayor que el de su denominación.
Para el final, una linda: mi mamá me llamó por teléfono para decirme que mi sobrino quería hablar conmigo por Skype. Enseguida hicimos la conexión y una de las primeras cosas que me dijo Ian fue: “tío... ¿sabés qué vamos a hacer con mi mamá? Vamos a colgar una hoja en la puerta de la heladera para ir tachando los días que faltan para que vuelvas”. Sin palabras.

jueves, 15 de enero de 2009

De vuelta en Köln

El viaje a Italia para las fiestas fue una gran experiencia. Siempre estaré agradecido a la invitación de Mauricio y al trato que él y su novia, Roxana, me dieron durante mis diez días con ellos. Fueron extremadamente cálidos; tanto como no lo fue el clima, lógicamente frío en esta época del año y, salvo en un par de ocasiones, bastante lluvioso.
El viernes 2 emprendí el regreso. Los alrededores del aeropuerto de Hahn, el mismo del cual había partido, mostraban una buena cantidad de nieve; al llegar a Köln noté con algo de alivio que no había nevado y se lo comenté al taxista que me llevó desde el Hauptbahnhof hasta casa; él me dijo que no pasaría mucho tiempo sin nieve si el clima seguía tan frío; y tuvo razón, porque el lunes la ciudad amaneció cubierta por un manto blanco de unos cuantos centímetros de espesor. Hermoso para la vista, pero con un montón de dificultades para los movimientos diarios. La temperatura se mantuvo debajo de cero hasta el lunes pasado, el 12; y aunque no nevó más desde la madrugada del lunes 5, la nieve y el hielo de calles y veredas no se derretían. Los ciclistas debían andar con más cuidado que nunca, porque el piso estaba muy resbaladizo y no fueron pocos los que aterrizaron forzosamente o estuvieron a punto de hacerlo. Los peatones también debíamos extremar el cuidado, porque eran muy frecuentes los resbalones que podían derivar en lesiones musculares o, especialmente, articulares serias.
Por mi inexperiencia ante este tipo de situaciones, opté por reducir al mínimo mis salidas, limitándolas a lo imprescindible. Compras para la comida diaria y alguna otra necesidad que surgiera en el momento y, obviamente, la asistencia al fútbol de los viernes; pero nada de paseos, ya que además había vuelto de Roma con anginas y el frío exterior atentaría contra mi recuperación. Pero fue mucha la gente que decidió quedarse en casa mientras no urgiera alguna salida, ya que era muy fácil notar de qué forma disminuyó el movimiento de personas en esta semana de fríos casi extremos. Todo esto cayó justo cuando, como consecuencia del conflicto del que se habló en todo el mundo, los rusos cortaron el flujo de gas a casi toda Europa. Según se publicó en algunos medios, los alemanes tenían almacenadas reservas para tres meses sin bombeo, pero otros países tuvieron serios problemas energéticos derivados de la falta del fluido que proviene desde el extremo oriental del continente.
Acá también aumentó el transporte público en los primeros días del año. El boleto mínimo para viajar en tranvía u ómnibus, el Kurzstrecke (tramo corto), pasó de 1,50 a 1,60; con eso se pueden recorrer cuatro estaciones –sin contar la de partida, y una distancia similar en colectivo. Lo que vendría a ser la segunda sección, la 1A o 1B, habilita a trasladarse a cualquier punto de la ciudad por cualquier medio o combinándolos; antes costaba 2,30 y ahora cuesta 2,40. Se puede comprar cuatro viajes, lo que reduce el costo de cada uno; en este último caso, al subir al medio elegido se timbra uno de los boletos y éste tiene una validez de una hora y media desde ese momento; es decir, uno puede bajarse, hacer alguna cosa y volver a subir para continuar hacia delante o cambiando de dirección dentro del lapso permitido, pero no se puede usar el mismo boleto para regresar al punto de partida. Se puede comprar los boletos arriba de los trenes o en las estaciones y en bocas de expendio en lugares clave y en todas las instancias se puede pagar con tarjeta de débito. Los precios varían hacia arriba si uno lleva la bicicleta y uno puede optar, también, por un abono mensual del tipo de tarifa que corresponde al uso que le da al transporte público de Köln que, como ya dije, tiene un altísimo porcentaje de puntualidad en relación con la planificación que se puede encontrar en cualquier estación o parada o en la página de internet del KVB (Kölner Verkehrs-Betriebe).
Otra situación inédita fue la de pasar solo mi cumpleaños, el número treinta y nueve, el sábado 10. Fue la primera vez que no estuve con mi familia para esta fecha, a la que por el número que les detallé antes cada vez le presto menos atención. Por el frío intenso que hacía decidí quedarme en casa y recibí una gran cantidad de saludos, la mayoría de ellos telefónicos o vía internet; y como creo que suele pasarnos a todos cada año, uno se sorprende por quiénes se acuerdan y lo llaman, como así también lo hace por quienes por cualquier motivo no han hecho llegar su salutación. De todas formas, no es algo que, en mi caso, modifique sustancialmente mi concepto de la gente. No me enojaría con nadie porque no recuerda mi cumpleaños, ni tampoco porque no llamó o escribió aun habiéndolo tenido presente.
Todavía quedan unos cuantos días hasta la reanudación de la Bundesliga y la vuelta al trabajo. Recién el 31 de este mes tengo que relatar mi próximo partido. En las semanas venideras también podremos saber si esta posibilidad laboral que me tiene tan a gusto en Alemania se extiende, al menos, por cuatro años más. Esto depende de la licitación de los derechos del fútbol alemán; el contrato vigente caduca en mayo, con el fin de la temporada en curso. Cuatro años es un lapso que permite otra planificación; si se presenta la oportunidad de seguir habrá que repetir el ciclo de los años anteriores: el de los análisis, las charlas y, obviamente, las negociaciones.
Pero ya habrá tiempo para definir eso.

jueves, 8 de enero de 2009

Año nuevo

Uno no se cansa de caminar por Roma; ni siquiera cuando ya ha tenido la enorme fortuna de haber estado más de una vez. A cada paso la historia se nos viene encima. Tan así es, que el desarrollo de la ciudad está condicionado por cada hallazgo. No son pocas las veces en las que, cuando se inician las excavaciones para alguna obra nueva, los trabajadores se encuentran con algún vestigio de varios siglos de antigüedad; cuando esto sucede, ahí mismo se interrumpe cualquier proyecto. Esto explica, entre otras cosas, la no muy extendida red de subterráneos romana. Muchos de los intentos por prolongarla chocaron contra la historia y perdieron; y no parece una mala decisión de las autoridades.
El martes el paseo elegido fueron los foros romanos, el Coliseo y las termas de Caracalla. A los dos primeros, por razones de tiempo, decidimos no entrar. El control personal de seguridad a cada visitante motivaba larguísimas colas. En las termas no hubo problemas. Pagamos los seis euros por persona de la entrada y nos internamos en un predio de unas seis hectáreas que servía como lugar de descanso y disfrute para determinados sectores sociales de la antigua Roma. Allí, los privilegiados que tenían acceso contaban con piletas cubiertas con agua fría y caliente, que estaban dentro de enormes edificios lujosamente adornados con mosaicos y esculturas. Algunos carteles situados en distintos puntos explican cómo funcionaba el lugar y muestran dibujos de lo que eran esas construcciones en su época de esplendor. Uno no puede dejar de asombrarse del concepto que esa gente tenía de los placeres. No escatimaban en lujos y todo era de dimensiones imponentes. Cuesta entender cómo en aquellos tiempos imaginaban, primero, y lograban construir, después, cosas así. Si cuando el visitante recorre las ruinas se detiene por un instante a pensar en lo que significa toda la Roma antigua, difícilmente pueda evitar la conmoción. Es una sensación muy fuerte y no tengo la certeza de estar siendo lo suficientemente elocuente para transmitirla.
La del miércoles pasado, el 31, sería la segunda vez que iba a pasar el fin de año lejos de mi familia. La anterior, casualmente, también había sido en la Ciudad Eterna, en los agitadísimos días en los que tuvimos cinco presidentes en una semana y en los que en Europa se concretaba la aparición del euro como moneda única para los países que en ese momento integraban la Unión Europea.
Íbamos a despedir a 2008 en un pequeño pueblito a unos cien kilómetros al norte de Roma, no muy distinto del que eligió Michael Corleone para refugiarse después de su bautismo como mafioso y en el que se casó por primera vez, según vimos en ese himno al cine que es El Padrino. La localidad se llama Grotte di Santo Stefano; allí, una compañera de trabajo de Mauricio y su esposo tienen una moderna casa de fin de semana que construyeron sobre la base de una edificación muy vieja. El lugar es agradable y muy cómodo, con mucho vidrio para aprovechar al máximo la luz natural, y tiene algo que no había visto nunca: el piso del living, que es de ladrillo, forma un círculo alrededor del tronco de un árbol que está cerca de la ventana dentro de la casa, al que se le respetó su ubicación original. Un detalle curioso.
El matrimonio dueño de casa está compuesto por una española y un italiano, por lo que la cena tuvo un poco de todo. Bruschettas, ensalada rusa, arroz con frutos de mar y un queso reggiano inolvidable, al que íbamos trozando a medida que lo comíamos, como dicen que debe comerse ese tipo de queso. Para beber, además del agua con gas y las gaseosas, Mauricio llevó para empezar un tinto argentino de lo mejor; después, los dueños de casa acercaron otras variedades que, como a la vuelta me tocaba manejar, apenas probé. Roxana dio fe de la alta calidad de los tintos y del champagne del brindis tras una minuciosa y exhaustiva prueba de cada uno de ellos.
Hasta acá, como habrán podido notar, las costumbres no difieren demasiado de las nuestras. Para la medianoche se cumplió con un hábito español. A cada uno de los que estábamos allí esperando la llegada de 2009 se nos dio un platito con doce uvas que debíamos comer al ritmo de las doce campanadas del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, que llegaban por medio de la televisión. Después del brindis, con el comando del dueño de casa, arrancó la sesión de fuegos artificiales, también similar a la de la mayoría de los hogares argentinos.
Lo que sí es bien diferente, creo, es la expectativa que se puede tener de uno y otro lado del Atlántico al levantar la copa. Fuera de las cuestiones íntimas y personales están las que nos comprenden a todos como conjunto. Hoy el mundo entero está afectado por la famosa crisis y Europa no zafa de ella. Los afecta indudablemente, pero aquí la gente la asume como un estado de excepción y no como la normalidad. Tienen la casi certeza de que más temprano que tarde pasará y que, mientras tanto, no deberán padecer calamidades. Posiblemente tengan que ajustarse un poco y optimizar la administración de los recursos, pero no les faltará lo que no debe faltarles. Nuestros brindis, en cambio, fuera de las cuestiones íntimas y personales, en lo que nos comprende a todos como conjunto, siempre llevan el austero pero siempre postergado deseo de que cada nuevo año nos dé la fuerza suficiente, aunque más no sea, para poder subir a la lona.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Vedere Napoli e dopo morire

Valió la pena levantarse temprano el sábado. El plan era viajar a Nápoles, trescientos kilómetros al sur de Roma.
El viaje se hace íntegramente por autopistas que, a diferencia de Alemania, aquí sí tienen peaje. En el acceso se retira una tarjeta que luego se introduce en una lectora instalada en las cabinas de salida; la máquina establece cuántos kilómetros de autopista se utilizaron y calcula el importe a pagar. Nos costó once euros, lo que se podría decir que es caro. Para el pago se abre automáticamente una caja en la que se puede depositar monedas, pero también hay ranuras para introducir billetes o tarjetas de crédito o débito. Si, como en nuestro caso, uno inserta por error una tarjeta vencida, la máquina emite un papel que indica los pasos a seguir para concretar el pago por internet. Nada de esto podrá atestiguar Roxana, la novia de Mauricio, que aprovechó el trayecto para una gloriosa siesta.
Minutos antes del mediodía llegamos a Nápoles, lo que equivale a decir que entramos al caos mismo. Hay semáforos, obviamente, y señales por toda la ciudad; pero la gente maneja y se maneja como si no los hubiera. Curiosamente, en las horas que nos tomó el recorrido no presenciamos ningún incidente de tránsito derivado de ese desorden.
Mauricio insiste en dejar el auto en un estacionamiento cubierto, ya que no hay garantías de encontrarlo más tarde si se lo deja en la calle. Iniciamos la caminata hacia la costa y allí hallamos la primera gran imagen de la ciudad que ha santificado a Diego Maradona: el golfo de Nápoles, lindero al puerto y con una amplia vereda para recorrerlo casi íntegramente a pie mientras se disfruta de un paisaje fantástico, con la imponente figura del volcán Vesubio dominando toda la escena.
Caminamos unas diez cuadras antes de dejar el paseo ribereño; ahora nos internamos en la ciudad. En la Piazza del Plebiscito se encuentra el palacio real de los borbones, que gobernaban Nápoles siglos atrás; enfrente, la Catedral de Francisco de Paula. A pocas cuadras de allí uno puede caminar por las callecitas angostas que tantas veces hemos visto en las clásicas imágenes de la ciudad de San Gennaro. Nos chocamos con varios obradores de lo que se espera que en poco tiempo sean nuevas estaciones del subte napolitano. Hay muchos vendedores ambulantes; en los puestos que ofrecen ropa y, especialmente, camisetas de fútbol, hay tres nombres que resaltan en la espalda de las casacas. Dos de ellos son de las dos figuras del buen momento actual de Napoli: uno es el eslovaco Marek Hamsik y el otro es nuestro compatriota Ezequiel Lavezzi. ¿Hace falta aclarar que el tercer nombre es el de Diego Maradona?
En las callecitas angostas se advierte mucho desorden y bastante mugre. Son tan estrechas que no caben dos coches apareados. Un taxi quiere salir del sector y el chofer tiene que ser muy paciente para abrirse paso entre las personas que caminan, ya sea paseando o cumpliendo con sus tareas de todos los días. Mauricio dice que no podemos irnos de Nápoles sin comernos una clásica pizza y nos guía hacia un lugar que él conoce de una visita anterior. La pizzería, famosísima, se llama Trianon y el paisaje se repite: mucha gente agolpada en la puerta, mirando con atención a una señora de poca paciencia que se encarga de tomar nota de cuántos comensales tendrá cada mesa y del nombre de uno de los que se sentará en cada una de ellas, para poder hacer el llamado a medida que se van retirando los que terminan de comer. Nosotros éramos tres y debimos esperar veinte minutos para poder entrar.
Sobre la mesa hay una especie de plantilla con la lista de pizzas y casilleros para escribir cuántas se quiere de cada una. El pedido tarda. Cuando finalmente lo traen nos encontramos con pizzas individuales del mismo tamaño de una grande en Argentina; pero la masa es mucho más delgada y no tiene gran cantidad de ingredientes encima. Los tres elegimos la misma: mozzarella de búfala con salsa de tomates y albahaca, que retiré minuciosamente de mi plato y fue inmediatamente rescatada por otra de los comensales.
Es inevitable que al mencionar Nápoles también nos venga a la mente la Camorra, que en algunas partes de la ciudad, en las que el Estado está ausente, es la que gobierna y legisla a sus enteras voluntad y, fundamentalmente, conveniencia. Hemos visto, leído y escuchado de todo acerca de este fenómeno. Roberto Saviano es un periodista que publicó un libro con detalles sobre las actividades de la organización; hace dos años que vive escondido y protegido por un ejército de policías. Mauricio nos contó que a un conocido le robaron dos veces la moto que usaba para sus movimientos diarios. La recuperó acudiendo al capo mafioso de su zona, quién le cobró cien euros por los servicios de gestión, que a las pocas horas hizo que el señor se reencontrara con su vehículo.
Mientras me toca manejar a mí en el trayecto de vuelta a Roma no puedo ponerme de acuerdo conmigo mismo. La ciudad es pintoresca en algunos sectores y hermosa en otros. Diría que me gustó y que tengo ganas de volver. Pero también pienso que no viviría en Nápoles de ninguna manera. En ese permanente vaivén estoy cada vez que repaso los recuerdos de este paseo. Sí podría asegurar que la inmortal frase que da título a este texto me resulta un poco exagerada.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Navidad en Roma

Mi última visita a esta ciudad que tanto me gusta había sido en los últimos días de 2001, los mismos en los que nuestro país estaba revolucionado por uno de los acontecimientos más tristes de su historia reciente. Aquel viaje a Roma se produjo en condiciones especiales. Esos cuatro días en la capital de Italia fueron de un disfrute muy particular por la compañía que tuve y por la certeza de que pasaría mucho tiempo hasta que pudiera volver. Pasaron siete años y, una vez que decidí no viajar a la Argentina para esta fecha, acepté la generosa invitación de mi amigo Mauricio y su novia Roxana a pasar las fiestas con ellos.
Para llegar de Köln al aeropuerto de Hahn, no lejos de Frankfurt, hay que tomar un ómnibus que tarda algo más de dos horas y cuesta quince euros. Una vez que hice el check in para el vuelo sentí ganas de sentarme a tomar y comer algo a modo de merienda. Influido por los precios que habitualmente vemos en las cafeterías de nuestras terminales aéreas, me acerqué al bar del aeropuerto con desconfianza; imaginaba que un café con leche y una factura podrían costarme más que un almuerzo bien servido en cualquier otro lugar. Estaba equivocado: me sirvieron una buena taza de chocolate caliente con crema y una medialuna muy grande por tres euros con cincuenta centavos. Hay lugares en los que esto cuesta menos, pero no es un precio que a uno le da bronca pagar. ¿Por qué será que en Ezeiza o aeroparque estafan a los pasajeros de la manera impune con la que lo hacen?
Del vuelo no hay mucho que destacar, salvo un detalle que me llamó la atención. Cuando las azafatas de Ryanair pasaron vendiendo comidas y bebidas, mis vecinos de asiento eligieron whisky. Primero les entregaron el vaso vacío y después, para mi sorpresa, dos medidas de la bebida que pidieron, que venían en sendos pequeños sachets. Miré con asombro a la señora de la butaca de al lado, que entendió mi desconcierto y dijo sonriendo: “sí, el whisky acá lo sirven así”; y se lo tomó sin más.
Llegamos al aeropuerto de Ciampino, vecino a Roma, en la noche del lunes, media hora más tarde que lo previsto. Cuando salí de la terminal de arribos me encontré con Mauricio y Roxana –a quien sólo conocía por chat pero no personalmente-, que fueron a buscarme.
El martes hicimos el primer recorrido. Fue una larga caminata que se inició en la plaza de San Pedro, donde está la basílica del mismo nombre, en la ciudad de El Vaticano. Con la cercanía de la Nochebuena y la Navidad estaban terminando de armar el pesebre con el que en la medianoche del miércoles se celebraría un nuevo aniversario del nacimiento del Niño Jesús. Después de las fotos, seguimos caminando por la Vía de la Conciliazione, que sale frente a la basílica, hasta el Castel Sant’Angelo, que está a unos seiscientos metros. El Vaticano y el castillo están unidos por un muro que tiene sobre sí una pasarela que les permitía a los papas acceder a un lugar seguro ante los intentos de invasión de los bárbaros. Sin embargo, y según me contaron, sólo uno la necesitó a lo largo de la historia.
El castillo está a orillas del Tíber, sobre el cual se puede cruzar a través de una gran cantidad de puentes; muchos de ellos están ornamentados con obras de arte. La tarde está fría, pero hermosa; y nos invita a seguir el paseo. Después de alcanzar la otra orilla del río seguimos caminando en dirección a otros célebres lugares de esta inolvidable ciudad. En la piazza Colonna está la sede del gobierno; mientras buscábamos la forma de aprovechar mejor las caracteristicas de la cámara de fotos, la Policía formó una senda por la cual, minutos después, ingresó la caravana que trasladaba al simpático de Silvio Berlusconi, primer ministro italiano. No lejos de allí está el Pantheon, que fue construido en el año 80 adC. y es un templo mundialmente famoso porque tiene su cúpula inconclusa, por lo que cuando llueve el agua moja el centro del recinto, aunque el piso tiene perforaciones que la conducen a espacios donde se la almacena; el Pantheon es, además, el lugar donde descansan los restos de Rafaello.
No hay que caminar mucho para llegar a la Fontana di Trevi, una obra de arte sencillamente magnífica. Acá también hicimos trabajar bastante a la cámara de fotos; y el que conozca este lugar podrá entender que no es para menos. Pero hay que tener paciencia, porque el lugar no es tan amplio y somos demasiados los turistas, con abrumadora mayoría de orientales, que buscamos la mejor toma.
El miércoles fue un día deportivo, aunque en mi caso como espectador. Mauricio, aficionado casi fanático del golf, jugó dieciocho hoyos con dos amigos. Acompañé al trío por todo el recorrido del exclusivo club Olgiata, el country donde suelen residir los futbolistas argentinos que juegan en los clubes de la capital italiana. Acá también, después de caminar varios kilómetros, tuvimos ganas de comer algo. Fuimos al bar del club y, otra vez, grande fue la sorpresa cuando comprobamos que por cuatro tostados y cuatro bebidas nos cobraron no mucho más que lo que habríamos pagado por lo mismo en cualquier otro lugar de la ciudad.
A la noche, Mauricio tomó el mando de la cocina y Roxana asistió eficientemente. Ambos prepararon una variada cena en la que no faltaron una buena entrada de mariscos y un pollo relleno de dimensiones importantes. Después de eso llegó el brindis y el deseo mutuo en el que también incluimos a los que estén leyendo este texto: ¡MUCHAS FELICIDADES PARA TODOS!