jueves, 26 de marzo de 2009

Dolor, expectativa y rechazo

Faltaba poco para las ocho y media de la noche del viernes. El partido estaba por terminar, no quedaban más de diez minutos de los noventa que jugamos cada viernes con mis amigos alemanes en esa cancha rodeada de paredes que alguna vez les describí. Después de cinco semanas de no haber podido jugar por trabajo o por suspensiones de partidos, mi nivel venía siendo mucho más bajo que lo bajo que es habitualmente. Hasta que fuimos a disputar una pelota con Tobias; lo último que recuerdo fue haberlo visto venir y prepararme para trabar la pelota. Sentí un terrible dolor en el muslo izquierdo, justo en la mitad de la pierna. Durante un par de minutos estuve en el suelo, sin poder revolcarme siquiera. Así como caí, quedé. Después me ayudaron a levantarme y con mucha dificultad salí caminando de la cancha para que los demás pudieran seguir jugando el tiempo que restaba del partido. Fui a la cantina y pedí hielo, ya que la pierna se estaba hinchando muy rápidamente.
Tobias, el muchacho contra el que se produjo el choque, mide casi dos metros; es un flaco que no tiene un gran físico, pero es macizo. Sin ninguna duda se trató de un accidente, lo que posiblemente haya sido peor; creo que si hubiese querido pegarme no habría podido ser tan preciso. La diferencia de altura hizo que su rodilla golpeara de lleno por encima de la mía, en pleno músculo, haciendo lo que comunmente llamamos una “paralítica”. Fue complicadísimo, e imagino que hasta gracioso para ver para mis ocasionales compañeros de viaje en ambos medios, subir y bajar del tranvía y del colectivo para ir a trabajar el sábado y el domingo, a lo que hay que sumarle los ochocientos metros a pie que incluye mi recorrido de ida al estudio. Generalmente, y por fortuna, siempre hay alguien que a la vuelta me trae y me deja a pocos metros de mi casa. Todavía hoy, casi una semana después, persiste el dolor, que está yéndose muy lentamente y, casi con seguridad, me dejará afuera del partido de mañana. Una pena, porque tengo muchísimas ganas de volver a jugar.
También en estos días se define la continuidad de los relatos en español de la Bundesliga, lo que equivale a decir que se define nuestra posibilidad de seguir trabajando acá o no. Cuando digo “nuestra” estoy refiriéndome a mí y a mis compañeros, un venezolano y un mexicano, residentes en Barcelona y Bonn, respectivamente. Creo que no hace falta que les aclare que los tres veríamos con buenos ojos tal continuidad; y eso depende, según nos cuentan nuestros superiores, del resultado de las conversaciones con los canales de televisión de América Latina que adquirieron los derechos para la transmisión de los partidos en nuestro continente. También están esperando saber qué puede surgir en aquellos países en los cuales los dos grandes distribuidores de la señal, GolTV e ESPN, no tienen los derechos exclusivos, ya que existe la alternativa de que en ellos surja algún interesado en el envío de la imagen internacional con el relato en español hecho en Alemania. Independientemente de lo que resulte, en mayo estaré otra vez en Buenos Aires. Podré reencontrarme con mi familia después de ocho meses y deberé reincorporarme al trabajo en radio Continental, ya que se termina la licencia sin goce de sueldo que me otorgaron antes del viaje a Alemania. Para cuando arribe a Ezeiza ya sabré si esa llegada es una vez más temporaria o para volver a instalarme en Argentina.
Como siempre, y mucho más ahora que está cerca la vuelta, sigo lo que pasa en nuestro país. Los varios diarios que leí y la radio que escuché ayer decían que las petroleras, “por el aumento del dólar”, subieron los precios de los combustibles. No recuerdo haber leído, escuchado ni que alguien me haya contado que los hubiesen bajado en los tiempos en los que la paridad con la moneda norteamericana era menor en pesos y, además, el precio del petróleo había bajado abruptamente; mientras, acá podía ver como en Alemania –que no son Papá Noel, desde ya, pero que sí se dejan llevar por los vaivenes del “mercado”- los valores del litro de nafta o gasoil caían casi un treinta por ciento como consecuencia del marcado declive de la cotización internacional del crudo. Cosas de la Argentina, como también lo es el nuevo round de la pelea entre los productores agropecuarios, que con sus cortes de ruta toman de rehenes a todos para su protesta, y el Gobierno caprichoso, soberbio y patotero. ¿Qué quedó de aquel conmovedor alineamiento de algunos gobernadores con las entidades agrarias? Como el treinta por ciento de las retenciones a las que ellos mismos se oponían ahora les serán asignados a sus gestiones como coparticipación de impuestos, bajaron las banderas. Les hicieron sentir el olor de “la platita” y se terminaron sus firmísimas convicciones productivistas. Cuesta creer cómo hacen para andar por la vida con semejante dosis de desvergüenza. El que durante años gritó orgulloso su condición de “pingüino” ahora quiere ser candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires, aunque en el padrón todavía figura con domicilio en Río Gallegos. Después se asombran o se quejan del distanciamiento de la gente con la política. ¿Qué persona bien nacida, que no haya recibido alguna prebenda o favor, va a querer mantenerse cerca de semejante pestilencia?

jueves, 19 de marzo de 2009

Al ritmo de las noticias

El martes debía ir al curso de alemán. Ya estaba listo para salir de casa cuando sonó el teléfono. Al no reconocer el número que mostraba el identificador, atendí como la gente en general atiende acá, diciendo mi apellido en lugar de nuestro clásico “hola”. El que llamaba era el profesor, que estaba avisándonos uno por uno a todos sus alumnos que él no se encontraba en condiciones de ir a la escuela y por eso no tendríamos clase. Me pidió los números de compañeros que tuviera para seguir llamando y le ofrecí llamar yo a las dos chicas de las cuales los tenía agendados. Eso hicimos; esta tarde me enteraré si el aviso les llegó a todos o alguno fue hasta la escuela por no haber recibido la novedad.
Con ese tiempo imprevistamente libre y aprovechando la linda tarde que teníamos, decidí irme caminando hasta el centro. El trayecto es de unas veinte o veinticinco cuadras y en el camino se pasa por un parque muy grande, bien verde, en el que andan de acá para allá las liebres que ya están animándose a salir después del duro invierno que tuvimos. Me llevé un cable que había comprado en enero para adaptar un router inalámbrico de internet. Como por alguna razón que no entendí el sistema no funcionó, el cable había quedado allí a la espera de pasar cerca de donde lo compré, para devolverlo. El comercio se llama ProMarkt; allí venden todo tipo de electrónicos y electrodomésticos, además de algunos otros artículos, a muy buen precio. Fui con el cable y la factura, aunque, por nuestra costumbre, también preparado para discutir con quien me atendiera, imaginando que iría a hacerme muchas preguntas con la intención de dificultar la devolución del dinero que había pagado por el cable. Pero no pasó nada de eso; entregué el cable dentro de su embalaje y la factura y me dieron un comprobante con el cual debería pasar por una de las cajas a retirar el dinero; todo el trámite no demoró mucho más que lo que ustedes tardaron en leerlo.
La noticia de la masacre en la escuela de Winnenden, en el sudoeste alemán, conmocionó a todo el país. Acá no son frecuentes las muertes violentas y, menos aún, en crímenes colectivos como el que cometió el miércoles 11 este chico de diecisiete años que, según se supo, practicaba tiro con el padre y se sentía menospreciado por sus compañeros de estudios. Contando al agresor, que se suicidó al verse cercado por la Policía, los muertos fueron dieciséis. El duelo se extendió por todo el territorio alemán y, por ejemplo, los jugadores y los árbitros de todos los partidos de la Bundesliga llevaron un brazalete negro y en cada encuentro se hizo un minuto de silencio en conmemoración de las víctimas. Muchas radios, por su parte, decidieron pasar música muy tranquila durante esos días y hasta tomaron el recaudo de controlar que los títulos de los temas que emitían no tuviesen ninguna relación posible con los hechos.
Los diarios siguen ocupándose del derrumbe del edificio del Archivo Histórico de Colonia. Los sensacionalistas, como el Express, titulan casi diariamente con noticias vinculadas a esta tragedia. Por un lado informaron que, finalmente, apareció un segundo cuerpo entre los escombros y, por sus características, podría ser el de la persona que estaba desaparecida junto con el chico que encontraron la semana pasada. Por el otro, siguen dando cuenta de una gran cantidad de irregularidades en el planeamiento de las obras, llegando a decir que los ingenieros no habían hecho los estudios de resistencia del suelo antes de continuar con las excavaciones de los túneles para la extensión de la red de subterráneos. Lo curioso es que se trata de un análisis básico y fundamental antes del inicio de cualquier construcción, por lo que cuesta creer que eso haya sido tal cual lo decían los periódicos en sus portadas.
Ya que estamos con diarios y noticias, hay que volver sobre Diego y Riquelme; venía destacando el placer que me daba el hecho de que Maradona me dejara mal parado con lo que escribí en octubre, cuando planteaba mis dudas por el carácter volcánico del Diez. Sin embargo, creo que, para usar la figura que él mismo popularizó, se le escapó la tortuga. La forma con la que atacó a Gorosito por una innecesaria intervención verbal del técnico de River (a su vez motivada por una innecesaria pregunta de algún “periodista”) me hizo recordar a sus peores actitudes. Lo emplazó para retractarse en veinticuatro horas bajo amenaza de revelar “el tema con Garnero”. No sé ni quiero saber de qué se trata, pero imagino que debe ser lo suficientemente grave como para que a Diego le sirva para el chantaje, por un lado, y como para que Gorosito respondiera casi inmediatamente buscando la conciliación. La combatividad de Diego ha sido siempre, en general, un aspecto positivo de su personalidad. Pero muchas veces no ha estado feliz en la elección del enemigo. Fue brillante en su pelea con los poderes del fútbol cuando jugaba y está muy bien que hoy se plante ante Grondona y las dificultades con las que el mismo presidente de la AFA le obstruye la gestión. También es positivo que le ponga los límites a un nene caprichoso como Riquelme después de que éste, en una muestra de fingida sensibilidad que irrita, tomara a mal una opinión bien futbolera y sin malicia de quien es, finalmente, el técnico de la Selección. Todas estas son peleas útiles, que tiene que dar. Pero Gorosito, como dice Fito Páez, es un enemigo que no está a la altura del conflicto y Diego lo puso en el centro de la escena, con un muy cuestionable proceder y exponiéndose innecesariamente a un roce que no le aporta nada bueno, pero contribuye a su desgaste.

jueves, 12 de marzo de 2009

Malas y buenas nuevas

Las tapas de los diarios del martes tenían la noticia que todos los coloneses deseaban no leer después del derrumbe del edificio del Archivo General de Colonia. Tras siete días de búsqueda entre los escombros apareció el cuerpo de Kevin, de diecisiete años, que habría estado durmiendo en el momento del accidente que le costó la vida, según lo que informó la Policía, cuyo vocero se animó a agregar que es posible que ni siquiera haya llegado a darse cuenta de lo que le pasó. Todavía falta encontrar a otro joven, en este caso de veinticinco años, del que no se brindó el nombre aunque sí se detalló que es estudiante de diseño y que habitaba en el mismo edificio que la víctima hallada hace dos días.
Los mismos diarios informaron ayer, miércoles, que las autoridades decidieron paralizar todos los trabajos de extensión de la red de subterráneos, aun los situados lejos del lugar de la tragedia y que no presentan ningún inconveniente, hasta que se establezca fehacientemente si una planificación errónea o negligente de las obras fue el origen de semejante desastre. También se duda sobre la continuidad del alcalde, Fritz Schramma. Al nombre de este señor, perteneciente a la CDU (Unión Demócrata Cristiana), tuve que buscarlo, ya que no aparece en ninguno de los carteles que anuncian los numerosos emprendimientos que la ciudad tiene iniciados en muchos puntos de su geografía. Acá a las obras las hace la Stadt Köln (ciudad de Colonia), no cualquier político que ocasionalmente esté a cargo del gobierno.
En Düsseldorf, a unos cuarenta kilómetros, se encuentra el consulado español más cercano. Fui a consultar por mi situación ante la legislación que permite a los nietos de españoles adquirir la ciudadanía de la Madre Patria. La empleada del registro civil, en el segundo piso, me detalló con mucha amabilidad cuáles eran los requisitos para iniciar la solicitud y después me aclaró que cada caso se analiza particularmente y que la aceptación del pedido no implica la concesión de la nacionalidad española. En el tren de vuelta a Colonia, en la estación siguiente a la que subí yo, subió una mujer –musulmana, de acuerdo con su vestimenta- con dos chicos, que tendrían seis y tres años, aproximadamente. Uno de los dos tenía una mochila y en un momento sacó de ella una bolsa con algo muy similar a nuestras empanadas. Estaban un poco aplastadas. La madre le dijo algo que pareció un leve reto y el chico volvió a meter la mano en la mochila. Sacó un tupper y le pidió a la madre que lo abriera; ella hizo caso y lo dejó en el único asiento libre de los cuatro que tenía el sector que ellos ocupaban. Los hermanitos se turnaron para meter las manos y sacar lo que por el olor me di cuenta de que eran pimientos, que estos dos chiquitos se comían con la misma naturalidad con la que mis sobrinos se comerían una banana o un alfajor.
No puedo resistir la tentación de referirme a la nueva renuncia de Juan Román Riquelme a formar parte del seleccionado nacional. Ya lo había hecho en septiembre de 2006, para lo cual argumentó que a su mamá le hacían muy mal las críticas que Román recibía por su palidísima actuación en el Mundial de Alemania, a pesar de que Pekerman había armado el equipo nacional a su alrededor. Después llegó Basile, que demostró tener al diez de Boca como una debilidad; poco antes de la Copa América de 2007, y después de haber hecho toda la preparación sin Riquelme, el entrenador modificó la conformación del plantel que había nominado para hacerle lugar a Román, cuya madre parecía en ese momento haber blindado su corazón. Los platos rotos de los caprichos de uno y de la impresentabilidad del otro los pagó Javier Pinola, jugador de Núremberg, que hasta modificó la fecha de su boda para poder jugar la Copa América en Venezuela y poco antes de viajar lo bajaron abruptamente del avión. Fue la Copa América de los daikiris con el agua de la piscina hasta el pecho y de una concentración que parecía una colonia familiar de vacaciones. La del talco, los cuernitos y el saco de cábala a pesar los cuarenta y cinco grados a la sombra. Allí también, a pesar de tanto mimo y privilegio, lo de Riquelme fue poquito.
Ahora no tolera que Maradona le diga cómo quiere que juegue en la Selección. El Diez, el grande de verdad, se permitió opinar que si Román no es capaz de modificar su juego no sería útil para el equipo, en un comentario lleno de fútbol y con argumentaciones tácticas impecables. Diego, que a la Selección le dio un poco más que Riquelme, considera que no es suficiente con dos pisadas, tres pases intrascendentes para los costados y cuatro tiros libres bien pateados; y tiene tanta razón que ni siquiera vale la pena detenerse en eso. El problema de Riquelme es que ahora se encontró con alguien que no le teme a él ni al grupito de poderosos alcahuetes que salen corriendo con el micrófono y la cámara en la mano cada vez que Román tiene algo que decir en el tono monocorde de siempre, el mismo con el que juega.
Cuando Riquelme estuvo en Barcelona, el entrenador holandés Louis Van Gaal dejó de tenerlo en cuenta porque se negaba a jugar en el puesto que él le asignaba. Recaló en Villarreal, donde otro técnico serio como Manuel Pellegrini se cansó de su individualismo y lo separó del plantel. Casualidad o no, el Submarino Amarillo volvió casi inmediatamente a los primeros planos del fútbol español.
No hay nada que hacerle. Como dijo alguien alguna vez: si uno ve un ave con plumas y pico de pato, patas de pato y que camina como un pato, lo más probable es que sea un pato.

jueves, 5 de marzo de 2009

Una pésima noticia para Köln (y para la humanidad)

Era un martes como cualquier otro. Me di un baño, cargué mis cosas y me fui a la escuela, al curso de alemán. Tomé el tranvía 5 por una estación, desde la Gutenbergstraße hasta Hans Böckler-Platz. Allí me bajé y en ese mismo andén me quedé esperando al 3 o al 4, al que viniera primero. Cualquiera de los dos me deja en Neumarkt, la estación en la que debo bajarme para después seguir a pie cuatro cuadras.
Una vez que salí a la calle, me pareció que había menos tránsito que el habitual a esa hora en esa zona. Caminé, como siempre, por la Peterstraße hasta la Agrippastraße, la de la escuela. Allí a la izquierda y, dos cuadras después, la sorpresa. Al llegar a la Neuköllnerstraße, una avenida ancha de doble mano que debía cruzar, ví tantos policías juntos como nunca había visto. Decenas de patrulleros con sus correspondientes policías, varias ambulancias con su dotación de personal y varios equipos de distintos noticieros de televisión. No había caos, todo estaba controlado. Pero seguía impresionándome el despliegue. Ante tantos autos verdes y grises, los de la Polizei, primero pensé que podría tratarse de una persecución que había llegado a su final, pero la cantidad de ambulancias y el movimiento de bomberos, que tienen su cuartel justo enfrente de la escuela, me inclinaron a suponer un accidente de importantes consecuencias.
Como el tránsito estaba cortado, pude cruzar sin tener que esperar al semáforo. La escuela está a unos cuarenta metros de allí, pero ni siquiera los peatones podían seguir caminando por la Agrippastraße en esa dirección. Justo que llegué al cordón policial con la frase armada en la cabeza para explicar que iba a clases, los policías se apartaron. Parece que el dispositivo había sido levantado y una chica que justo debía pasar con su auto por el frente del cuartel de bomberos y ambulancias iba a poder hacerlo. Después de hablar unos segundos con ella, un policía le levantó la cinta de plástico para que pudiera seguir.
Llegué al aula temprano, dejé mis cosas y fui a buscarme un té con limón que me ayudara a convivir mejor con los síntomas de gripe que estaban acompañándome desde el lunes. Volví, me senté y a los pocos minutos entró una empleada de la escuela, que abrió un par de ventanas para que corriera un poco de aire hasta que empezara la clase y me preguntó si quería que prendiera la luz. Le dije que no, que todavía no hacía falta.
Le pregunté a la señora si sabía qué había pasado. Me dijo que sí, que vio en las noticias que se derrumbó un edificio cercano justo encima del punto donde estaban excavando túneles para la extensión de la red de subterráneos. Dijo que no había muertos reportados hasta ese momento, pero tampoco había que descartarlo. El edificio se desplomó y el derrumbe también afectó a algunas casas vecinas.
Seis y media en punto empezó la clase, que se desarrolló normalmente. A las ocho el profesor impuso la pausa de siempre y, a la vuelta, trajo más información: el edificio que se cayó era el del archivo general de la ciudad de Colonia. Las primeras precisiones hablaban de nueve desaparecidos, número que fue disminuyendo a medida que se fue determinando el paradero de siete de esas nueve. Todavía se busca a una pareja que vivía en una de las casas vecinas, ya que no se tiene la certeza de que estuviesen o no en el lugar en el momento del desplome.
La página de la Deutsche Welle (http://www.dw-world.de/dw/article/0,,4072772,00.html) da detalles de lo que podría perderse, que según algunas consideraciones podría valuarse monetariamente en cuatrocientos millones de euros:

(...) El diario local Kölner Stadt-Anzeiger en su recuento de los tesoros albergados por el archivo asevera que del 11 de agosto de 922 data el primer documento –que probablemente sea una antigua falsificación- con el cual el entonces arzobispo de Colonia, Hermann I, le cede al legendario séquito de Santa Úrsula un edificio que luego será su convento e iglesia. Las actas de fundación de la Universidad de Colonia del año 1388; manuscritos de Karl Marx y Friedrich Engels; disposiciones firmadas por Napoleón y muchas joyas históricas más se guardaban en ese edificio. (...)

En el mismo sitio hay una idea de lo que significaba este lugar, definido “el mayor y más completo archivo al norte de los Alpes”:
(...) El Archivo de Colonia-comparable sólo a los archivos de Sevilla o al Archivo Nacional de París- se encontraba en un edificio diseñado y equipado en 1971 especialmente con este propósito y con el objeto de que tuviera 30 años de vida útil. Ya en 1996 se le reventaban las costuras de tanto material acumulado y los materiales fueron, parcialmente, guardados en otros edificios. Cuando el 3 de marzo a las 14h00 se escuchó el rugido previo al desplome, sólo los empleados pudieron ser evacuados. (...)
Ya está abierta la investigación para determinar las causas de este desastre. Las primeras estimaciones dicen que estudios erróneos o una interpretación errónea de cálculos de factibilidad de las obras de ampliación de la red de subterráneos serían el origen de esta catástrofe, que no lo es tanto en pérdidas personales -hasta ahora- pero sí lo es si se tiene en cuenta a la hora del balance la irrecuperabilidad de los valiosísimos piezas y testimonios que albergaba este archivo-museo que se vino abajo en la tarde del último martes.

jueves, 26 de febrero de 2009

El reinado de Momo

Estamos en época de Carnaval y, como muchos de ustedes saben, el de esta ciudad es famoso en el mundo. Su fama no se debe tanto a la atención que genera fuera de Alemania sino a la intensidad con la que la gente de estos lares lo vive y lo festeja. Es una de las festividades preferidas de los habitantes, alemanes o no, de Colonia.
El jueves pasado comenzó la celebración. No es feriado oficialmente, pero después del mediodía se acaba la actividad laboral. Mucha gente se disfraza y cerca de las cuatro de la tarde se concentra en Chlodwigplatz, donde pasan unos camiones ornamentados como carrozas desde los cuales se lanzan caramelos y otras minucias a los concurrentes, muchos de los cuales ya están munidos de una botella que, generalmente, contiene cerveza. Después de ese rito, la gente se reparte en los muchos bares que tiene la ciudad para seguir el jolgorio y regándolo con todo aquello que se pueda beber hasta la hora que cada uno sea capaz de aguantar.
El Karneval, con distinta intensidad, dura varios días. El sábado, por ejemplo, varias líneas de tranvías modifican su recorrido para llevar a la gente a distintos puntos de concentración para los festejos. El año pasado, ignorante yo de esto, ese sábado me fui a la estación. El tranvía venía al horario de siempre, pero el cartel no era el habitual. Dejé pasar algunos pensando que en el algún momento vendría el mío, el 5. Cuando ya se había hecho demasiado tarde, tuve que recurrir a un taxi. Por eso, este año tomé el recaudo de consultar la página de internet para asegurarme la llegada temprano al estudio y ahí decía que el cambio de recorridos operaba desde la una de la tarde. Este sábado, además, el festejo tuvo un condimento muy especial y el Carnaval fue más Carnaval que nunca: Colonia le ganó a Bayern Múnich 2 a 1 en la mismísima Allianz Arena, un gusto que los renanos no se daban en Baviera desde hacía once años y al que las previsiones le daban escasísimas chances de convertirse en realidad.
El lunes, llamado Rosenmontag, sí es feriado. Después del mediodía, los coloneses se van al centro a ver la máxima atracción: el desfile “oficial” de las carrozas, que tienen un itinerario que abarca varios sectores del centro de Köln, desde las cuales también se lanzan golosinas y pequeños regalos. Casi todo el mundo está disfrazado; algunos eligen disfraces de animales, como osos, leones o conejos, que les permiten estar abrigados. Otros se bancan con entereza, y con pronóstico cierto de gripe también, las exigencias de llevar un disfraz que deje expuestas algunas partes de su humanidad. Los disfraces se pueden comprar por muy poca plata. Con diez euros, o algo menos, se consigue un equipo completo para estar a tono con la celebración.
En las calles angostas los espectadores se ubican en las veredas; en las avenidas, las empresas de transporte de cargas estacionan sus camiones y los largos acoplados sirven como palcos. Casi ningún comercio está abierto; los pocos que trabajan son bares y algunos locales de comida rápida. La música que acompaña al desfile es característica de Carnaval y casi todos los temas son parecidos. A lo largo del recorrido hay baños químicos cada tanto y también puestos de la Deutsches Rotes Kreuz, la Cruz Roja alemana, con una importante cantidad de personal en cada uno de ellos. El dispositivo de prevención también incluye una carpa que funciona como sala de primeros auxilios y varias ambulancias listas para trasladar a cualquiera cuya complicación requiera una atención más compleja. Obviamente, los mayores inconvenientes son generados por los excesos de alcohol, que, a diferencia de lo que nosotros vemos normalmente, no degenera en violencia. Pero aunque sean inofensivos para otros, hay gente que se hace mucho daño a sí misma. Algunos andan por la calle en pésimo estado, con severas dificultades para mantener la vertical; y ni hablar de dar más de dos pasos siguiendo una línea.
También hay puestos donde venden salchichas, que pueden ser hervidas, como habitualmente las comemos en Argentina, o a la parrilla -mejores para mi gusto-. En todos los casos vienen dentro de un pancito redondo al que la salchicha excede largamente a lo largo y se dispone de mostaza, ketchup o curry para condimentarla. A esta última variedad, la más cara y de sabor más picante, se la sirve en rebanadas sobre una bandejita de cartón y con un tenedorcito de plástico para comerla. Es curioso el método del rebanado. La salchicha entra por la parte superior de un tubo y los trocitos salen por debajo. Después le agregan ketchup, le espolvorean el curry y se la sirve, previo pago de tres euros.
Llama poderosamente la atención ver cómo, ni bien terminan de desmontar las estructuras, comienzan con la limpieza de las calles. Hay muchos papeles, algunos restos de los disfraces y muchos vidrios rotos que alguna vez fueron botellas. También los regalitos que van dejando a su paso los caballos que forman parte de algunas de las carrozas. Pasan los camiones que barren los grandes residuos y detrás de ellos van empleados de la empresa adjudicataria del servicio que terminan de agruparlos y los introducen en los vehículos que los retiran. En cuestión de un par de horas todo está como antes del festejo y se puede transitar normalmente.

jueves, 19 de febrero de 2009

El frío, el curso, el Ogro y Cristina

Todavía hace frío. No tendría por qué no hacerlo, ya que estamos en febrero y, por lo tanto, en el invierno boreal. Pero a pesar de que la temperatura se mantiene siempre por debajo de los diez grados, ya no hay nevadas tan intensas como la de los primeros días del año. Hay veces en la que nieva más o menos copiosamente algunos minutos, pero eso no alcanza para una acumulación de nieve que complique los movimientos de la vida diaria. El espectáculo que ofrecen la calle, los techos, los árboles y los autos cubiertos por el manto blanco es tan lindo de ver como perjudicial para la rutina de cada uno de nosotros.
Ya les conté sobre la diversidad de nacionalidades que tenemos en el grupo de estudiantes de alemán que me tocó en suerte. Hay gente de todos los continentes, con excepción de Oceanía y América del Norte. Les actualizo la lista y, de paso, corrijo algún error que cometí en la primera mención: los europeos son dos griegos –ambos hombres-, dos polacas, una búlgara, una lituana, una croata y cuatro españoles –tres damas y un caballero. Dos chicas vienen de Asia: una es japonesa y la otra llegó desde Kirguistán, un pequeño país que formaba parte de la ex Unión Soviética. De África tenemos una chica originaria de Benín y los americanos somos tres: una jamaiquina, una ecuatoriana y un argentino. Cuando menciono esto me viene a la mente un tema del que muchas veces se habló y se habla en algunos medios en Argentina, que es la poca idea que en muchos lugares del mundo se tiene de nosotros y de nuestro continente. Creo que con excepción de Kirguistán, la mayoría de nosotros, me refiero a los argentinos medianamente informados, podríamos ubicar en el mapa sin mayor esfuerzo y con mínimo margen de error a cada uno de los países de los que provienen mis compañeros, podríamos mencionar su capital y hasta podríamos describir la mayor parte de sus banderas. En cambio, sólo los españoles, el profesor y uno de los griegos, que estuvo varias veces en Buenos Aires porque ama bailar tango, pudieron dar más de tres nociones sobre Argentina; y desde ya debo disculparme con nuestro país, porque para varios de mis compañeros, especialmente las mujeres que no gustan del fútbol y apenas conocen a Maradona, yo soy la única referencia concreta que tienen de la “argentinidad”. Con un representante así, tiene razón el mecánico dental víctima de uno de los geniales llamados del doctor Tangalanga cuando dice: “¡Pobre país, pobre país!”
Dentro del grupo, en lo que hace al aprendizaje del idioma, hay dos divisiones más o menos marcadas: los que primero se radicaron en Alemania y después se pusieron a estudiar hablan con más soltura y mejor vocabulario que quienes tuvimos nuestro primer contacto con la lengua de Goethe a través de clases en nuestros países de origen; nuestra ventaja radica en la mayor familiaridad que tenemos con las estructuras gramaticales, lo que nos permite desenvolvernos mejor en la lectura y la escritura. Todos los que formamos parte de ese grupo hemos pasado los veinte años –algunos los pasamos bastante antes que otros- y estamos en ese aula porque así lo hemos decidido y no por una imposición, lo que ayuda a que todos aporten lo suyo para que el curso avance sin mayores contratiempos.
El profesor se esmera en que las clases no sean aburridas. Son tres horas dos veces por semana y él divide cada una de ellas en dos partes, separadas por una pausa de alrededor de quince minutos. En ese descanso, los viciosos salen a un patio descubierto, que es el único ámbito del edificio de la Volkshochschule en el que tienen permitido fumar. Otros pasamos el período de recreo en la planta baja, en una pequeña cantina que no es atendida por nadie y tiene dos expendedoras automáticas; una provee bebidas frías y la otra calientes. No conozco el costo de las gaseosas porque nunca saqué, pero cualquiera de las variedades que ofrece la máquina de café, que incluye chocolate y té, cuesta cincuenta centavos.
Sigo con mi hábito de mantenerme tan al tanto como me es posible de lo que pasa en Argentina. Estoy asombrado, ya hablando de temas un poco más livianos, de la novela de Cristian Fabbiani. Como periodista me siento absolutamente desolado por el tratamiento que desde los medios en general se le dio al asunto. Muchos colegas hablaban de este jugador de buenas condiciones técnicas y casi impresentable forma física como si se tratara de una gran estrella; y el enfoque general fue el de una historia de amor a la camiseta que llegaba a un final feliz y en ese contexto obviaron la seguramente involuntaria pero inestimable colaboración del arquero de Rosario Central en el gol de la victoria de River en Arroyito. Este tema sirvió para renovar una vez más mi orgullo por pertenecer al equipo de radio Continental, el único medio en el que se detuvieron en la cuestión ética del embrollo. Fueron los únicos que mencionaron la desleal actitud de River y Fabbiani para con Newell’s y también los únicos que, aunque no fuera simpático, no se sumaron al elogio desmedido a un futbolista que apenas se destaca de la media y lo hace más por su controvertida personalidad que por los sobrevaluados méritos que reúne en el campo de juego.
Hay elementos alentadores. Después de lo que pasó en Tartagal, que la sacó por unas horas de ese limbo de botox y ganas de venganza contra las entidades rurales en el que parece vivir desde hace tiempo, la Presidente llegó a la brillante conclusión de que uno de los grandes problemas de nuestro país es la pobreza. ¡Gracias por tanta lucidez, Cristina! Estoy empezando a arrepentirme de no haberla votado.

jueves, 12 de febrero de 2009

Pedido satisfecho

Algunos amigos, seguidores de este blog, siempre me dicen que están esperando algún texto en el que cuente acerca de cosas negativas de este lugar. “No puede ser que sea todo perfecto”, dicen casi enojados, aunque no sé con quién. De todas formas, es importante dejar claro que tienen razón. No lo es.
Como hemos contado en más de uno de estos textos, el Estado alemán está muy presente. Cuando una persona no tiene trabajo, se presenta en el Arbeitsamt (la oficina de empleo) y, tras el cumplimiento de los trámites de rigor, se le otorga un subsidio que alcanza los mil quinientos euros por mes, aproximadamente. Según el caso, también se le proveerá del dinero del alquiler de una vivienda acorde con las necesidades del grupo familiar a cargo del desempleado y algunos electrodomésticos básicos como televisor, heladera y lavarropas. La ayuda también incluye descuentos en diversos servicios que están a cargo del Estado, como el transporte, para el cual el Arbeitslos (desempleado) paga el cincuenta por ciento del valor del abono mensual. Con esa asignación de dinero y las ayudas aledañas, a nadie le falta lo imprescindible para su manutención.
No se apuren. Esto que por un lado es un aspecto muy positivo de la organización social alemana tiene también unos cuantos flancos vulnerables al análisis. Me contaban que antes, el beneficiario de esta asistencia debía presentarse una vez por mes para que las autoridades corroboraran que no se había modificado la situación por la cual está recibiendo la ayuda estatal. Actualmente, ese trámite se puede hacer por internet. Esta política, garantista casi al extremo, permite excesos e injusticias.
Así se da el caso, por ejemplo, de un compatriota nuestro que lleva algunos años viviendo en Köln. Se encontró con un amigo que tenemos en común y le contó que había decidido tomarse un año sabático, rentado por el Arbeitsamt, presentándose como desempleado. Como los controles son algo endebles, no le sería difícil salirse con la suya. A veces también se encuentran “mendigos”, que en su mayoría son jóvenes enojados y rebelados contra “el sistema”, del que sólo les parece bien, obviamente, la ayuda económica que ese sistema les facilita y a la cual engrosan pidiendo las monedas con las que compran la cerveza que riega sus largas horas de reunión y charla en alguna vereda colonesa y que también alcanza para darles de comer a los perros que siempre los acompañan. Lo único que puede decirse en favor de ellos es que no son molestos ni agresivos en el pedido. En la estación de ómnibus, que está pegada a la de trenes, hay un viejo micro acondicionado como un pequeño refugio al que estas personas acuden en búsqueda de una ración de comida y de alguna bebida caliente en invierno.
Aunque no es tan estrepitosa como en otros países, en Alemania también se hace notar la famosa “crisis global”. Este país construyó su ventura de las últimas décadas siendo uno de los más importantes exportadores del mundo; muchos de sus clientes están reduciendo gastos y requieren mucho menos de los bienes y servicios que proveen los alemanes. Las empresas dedicadas a rubros que trabajan con acuerdos a largo plazo están un poco más aliviadas en esta coyuntura, ya que ellos están firmados y se cumplirán; el problema lo tienen aquellos cuyos movimientos no permiten esa previsibilidad. Nosotros, los relatores en español de la Bundesliga, estamos entre estos últimos. Nuestra inestabilidad está basada es que estamos en tiempos de renovación de los derechos de emisión de los partidos en el exterior. Algunas de las empresas que adquieren la licencia para retransmitirlos en los países de habla hispana tienen a sus propios periodistas, por lo que no utilizan durante las transmisiones el audio en castellano que se envía desde acá. Eso hace que los nuevos administradores alemanes de la señal internacional estén pensando en deshacerse de un servicio que sus clientes, en principio, parecen no necesitar. No se argumentan cuestiones económicas, ya que el servicio en inglés se mantendrá en cualquier caso y para eso hará falta sostener lo más importante y costoso de la estructura. Dentro del volumen de dinero que se maneja para llevar a cabo este servicio, el gasto que representamos los tres relatores en español es insignificante, pero ellos piensan que no tiene sentido mantenerlo si los licenciatarios no utilizan nuestros comentarios, aunque el precio por el cual se les venden los derechos es el mismo con o sin el audio en castellano. Tiempo atrás ha pasado que, ante la consulta de los alemanes, los dueños de los derechos para Latinoamérica han dicho que querían nuestros relatos aunque no los retransmitieran, ya que lo que nosotros decíamos les servía de guía a los periodistas que comentaban los partidos en cada uno de esos canales. Según se nos dijo, en marzo habrá consultas y, atentos a los resultados de ellas, tomarán una decisión. Nunca hubo quejas para nuestro desempeño (al menos nunca nos llegaron). Como quedó expuesto más arriba, en principio no se trata de una cuestión de (in)capacidad nuestra; o para decirlo mejor, no sólo de eso.
Así todo, mis compañeros y yo somos optimistas y esperamos que las decisiones que se tomen en poco tiempo sean favorables a nuestras aspiraciones de mantener este trabajo que nos llena de legítima satisfacción, permitiéndonos hacer una vida sin sobresaltos a cambio de entregarle lo mejor de cada uno de nosotros a la tarea que más nos gusta hacer, que, en mi caso, desde hace casi veinte años es la única para la que me siento útil.