jueves, 16 de abril de 2009

Imbecilidad, mala leche e intereses

No exagero si denomino como estupefacción lo que me producen algunas situaciones de las que me entero a través del seguimiento de los medios de comunicación argentinos. El hecho de haber dejado de convivir con ellas y el de estar a una enorme distancia, que excede lo meramente geográfico, hacen que a uno le resulten todavía más difíciles de entender y, más aún, de aceptar.
Estoy refiriéndome a la bochornosa recepción que algunos “hinchas” le brindaron al plantel de San Lorenzo en Ezeiza a su regreso de la derrota en México ante el modestísimo y casi desconocido San Luis Potosí, que además significó la eliminación del club argentino del torneo cuya obtención se ha convertido en una obsesión para los de Boedo: la Copa Libertadores de América.
Estos sujetos, autodenominados “hinchas”, fueron al aeropuerto para hostigar a los jugadores y hacerles saber de su profundo desagrado por una nueva frustración. Llenaron esa manifestación de insultos y agravios, llamándolos “mercenarios”, mostrándoles billetes y escupiéndolos a lo largo del recorrido de los futbolistas entre la salida de la terminal y el ómnibus que estaba esperándolos. ¿Hay un acto más cobarde y descalificador de la figura de quien lo lleva a cabo que un escupitajo? Además anónimo, ya que parte de un grupo cuyos integrantes no tendrían individualmente el temple necesario para sostener sus agresiones mano a mano con cualquiera de los jugadores. Más todavía: los líderes de estas acometidas suelen ser de la barra brava, que venden su apoyo o desprecio al mejor postor. Ellos también son mercenarios. ¿O no?
Sin desligar a los jugadores de cualquier miseria que efectivamente pudiera serles achacable, creo que no hay nada que justifique lo de Ezeiza ni ninguna de las manifestaciones que casi cotidianamente vemos ligadas con el humor de los “hinchas” como consecuencia de resultados futbolísticos. Hay una sentencia imbécil, lo que significa que sólo puede ser sostenida por imbéciles, que dice que “el hincha tiene derecho a todo, incluso a insultar, porque paga la entrada”, lo que conforma una combinación letal con otra que afirma que “lo mejor que tiene el fútbol son los hinchas”. Todo esto no adquiriría mayor relieve si no fuera porque algunos “periodistas” no se cansan de irradiar o escribir este canto de sirenas que lleva a la confusión a muchos cerebritos algo inmóviles, que prefieren dejarse seducir por la demagogia antes que activar las neuronas para encontrar conclusiones más sólidas acerca de su vínculo con el fútbol.
Pocos condenaron lisa y llanamente, como correspondería hacerlo, lo que pasó en Ezeiza con el plantel de San Lorenzo. Muchos, en cambio, se regodearon mostrando fotos y filmaciones y, los de radio, tomándose el minucioso trabajo de leer al aire cada una de las manifestaciones de los “hinchas”, tanto en forma de cánticos como en esta especie de estúpida religión en la que se han convertido las “banderas”. Los medios en general –salvando las excepciones que correspondan- se hacen eco de cada pronunciamiento de los “aficionados” como si se tratara de la verdad revelada, lo que les genera una triple comodidad: se ganan fácilmente la adhesión de las masas que los consideran aliados de su “causa”, se evitan el esfuerzo intelectual de elaborar pensamientos propios y también dejan a salvo la relación que necesariamente deben mantener con los futbolistas y entrenadores, ya que no son ellos sino “la gente” la que los vitupera. “Los medios –dirán los fundamentalistas del pseudoperiodismo- sólo reflejamos la realidad.”
En una gran cantidad de esos medios se dio por entendido que, ante una nueva eliminación de la Copa Libertadores, los jugadores de San Lorenzo merecían esta agresión. ¿Por qué ponerse a analizar? Habría que ver cuántos de estos “comunicadores” tienen la honestidad necesaria para decirle a esa gente que, en lugar de agarrársela con los futbolistas –a quienes, repito, no considero absolutamente inocentes- tendría que apuntar primero a los dirigentes que toman las decisiones. Cuántos la tienen para decirle a esa gente que esté alerta, que no compre sin pensar el humo que le venden los tipos como Tinelli, que grita a los cuatro vientos su fanatismo mientras da a entender –y en eso queda, sólo en la insinuación- que viene a ayudar al club. ¿Cuál es la ayuda? ¿Traer a D’Alessandro, ponerlo en la vidriera y luego venderlo en millones de dólares de los cuales San Lorenzo sólo recibe monedas? ¿Cuál es la ayuda? ¿Tomar el poder del club a cambio del presunto mecenazgo? ¿Cuál es la ayuda? ¿Amenazar con retirar el “apoyo” económico si no se delega en él la potestad de tomar las decisiones ligadas al fútbol?
Los medios deberían decirles a los “hinchas” que los socios, que han decidido tomar parte de la vida del club de sus amores, le dieron su voto y el mandato de conducir la institución a Rafael Savino, no a Tinelli; y deben decirles que Savino también está entregado –al parecer, gustosamente- a la política entreguista de Julio Grondona, que regaló el fútbol a sus amigos y favorecedores dejando a los clubes en la indefensión más absoluta. Deben decirles que Savino, uno de los preferidos de Grondona al punto de haber sido defendido por el jefe de un embate del mismísimo Maradona, también es responsable –y más que los jugadores- de las frustraciones de San Lorenzo, aun sin olvidar el campeonato ganado con Ramón Díaz.
Lo que no leí ni escuché en ningún lado es que tratándose de fútbol, un deporte, también cabe la posibilidad de perder. Pero eso no lo dicen ni lo escriben, porque a casi nadie le gusta escucharlo o leerlo.

jueves, 9 de abril de 2009

Un día de excursión

En nuestra última clase de esta etapa de alemán, hace una semana, el profesor nos hizo una invitación. Nos propuso sumarnos a una excursión que tenía prevista con otro grupo al Museo de la Historia Alemana, en Bonn, y a Königswinter, un pueblo situado al sur de la ex capital de la República Federal de Alemania, que está a pocos kilómetros de Köln. Como cierre del paseo, nos invitaba a todos a una reunión en su casa, en cuya parrilla se asaron salchichas y pequeños trozos de carne de cerdo y pollo que acompañamos con algunas salsas y ensaladas.
La cita era para ayer, miércoles, en el Hauptbahnhof de Köln. Allí teníamos que tomar un tren regional. Como éramos muchos, y para abaratar los costos del viaje, nos dividimos en grupos de a cinco, ya que las expendedoras de boletos ofrecen la opción de comprar un pasaje para cinco personas por un precio menor que la suma de cinco tickets individuales. Comprándolos de esta manera, se ahorra un 15%, aproximadamente. La distancia es de veintinueve kilómetros y el tramo ida y vuelta cuesta algo más de veinte euros, lo que representa un costo de cuatro euros y algunos centavos por cada pasajero.
Llegamos al Hauptbahnhof de Bonn y de allí tomamos un U-Bahn (subterráneo) hasta el museo, al que se accede directamente desde la estación y tiene entrada gratuita. Lo primero que se ve es un vagón del tren que usaban en los tiempos de posguerra los sucesivos cancilleres, quienes en Alemania son el equivalente a nuestro presidente. Los carteles alusivos hablan de las preferencias de cada uno de sus célebres usuarios, especialmente por Conrad Adenauer, el primer canciller de la República Federal de Alemania. Dentro del vagón se puede ver toda la ambientación que lo convertía en una verdadera oficina sobre rieles, con compartimentos para reuniones, un despacho con teléfono y una especie de living en el que se ve una radio gigante con la cual se seguían las noticias durante el viaje.
De allí se sube una a escalera mecánica que conduce al acceso al museo. No está permitido sacar fotos, aunque no se retienen las cámaras como había sucedido en mi visita anterior, hace dos años. Antes de ingresar pasamos por el guardarropa para grupos, que constan de gabinetes que se internan en la pared y cuya llave queda en poder de un responsable del grupo.
El museo comienza su repaso de la historia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Hay piezas originales como cascos, indumentaria y documentos de aquella época. También hay videos que muestran a las ciudades arrasadas por las bombas y a la gente –hombres y mujeres, chicos, adultos y viejos- trabajando en la reconstrucción. De allí y hasta hoy se hace un interesantísimo raconto de toda la evolución de Alemania, lo que entre muchas cosas interesantes tiene el traje espacial de un astronauta de la ex DDR y segmentos del Muro de Berlín. Una maravilla.
El recorrido duró una hora. Luego volvimos a tomar el tren y nos dirigimos a Königswinter. Esta pequeña ciudad –tranquila, limpia, impecable- también está a orillas de Rin y entre sus principales atractivos hay un castillo al que para acceder hay que caminar hacia arriba durante unos cuarenta minutos de pendiente constante en medio de mucha naturaleza y de pequeñas elevaciones. Algunas de ellas tienen como unos balcones de hormigón armado que fueron empotrados para contener derrumbes y caída de rocas, que forman parte del mismo macizo del cual se extrajeron los fragmentos de piedra que se utilizaron para construir la catedral de Colonia y otros templos de la zona. Al llegar hay un mirador desde el que se tiene una maravillosa vista del Rin y hasta se alcanza a divisar Colonia, que está a más de treinta kilómetros, de la cual se distinguen claramente el Dom y la torre de televisión que tengo a dos cuadras de mi casa. Mucho más cerca, y sobre ambas orillas del río, se ven poblaciones con las clásicas construcciones de techo a dos aguas que son característicamente alemanas. Uno está ahí arriba y piensa que nunca podría cansarse de admirar ese paisaje.
Después, para completar el programa, nos fuimos a la casa del profesor. Está en Troisdorf, a mitad de camino entre Colonia y Bonn. Tomamos un tren y un ómnibus, que nos dejó en medio de un barrio de casas bajas impecablemente conservado y de una llamativa tranquilidad. Allí se pusieron en la parrilla las cosas que les detallé en el primer párrafo, a lo que se agregaron unas papas; acá es bastante común comerlas de esa manera. En la reunión había personas de una gran diversidad de orígenes y colores de piel, imagino que también de religiones; el grupo estaba compuesto por europeos, africanos, norte y sudamericanos, asiáticos y hasta un neocelandés, representante de Oceanía. Todos, salvo el profesor, hablamos con limitaciones el alemán; y exceptuando a los españoles y yo, los demás casi no tenían interlocutores en su mismo idioma. Sin embargo, no faltó buena onda y no hubo subgrupos idiomáticos. Los bailarines tuvieron música y, como imaginarán, no faltó bebida, con y sin alcohol, para regar la picada y el resto de la reunión, que terminó a las once de la noche, cuando todos nos fuimos a tomar el último ómnibus que podía llevarnos hasta la estación para alcanzar el tren que cerca de la medianoche nos dejaría de vuelta en Colonia después de haber disfrutado un hermoso día.

jueves, 2 de abril de 2009

El vértigo de la realidad

Quizás esta sea una buena oportunidad para contar un poco de qué forma este blog va adquiriendo su fisonomía habitual. El texto de cada semana lo voy armando en la cabeza mientras pasan los días y guardo en mi memoria los apuntes que me parece relevante contarles. Desde el jueves pasado la mecánica fue la misma; malo, pero periodista al fin, los dos impactantes hechos de las últimas horas me obligaron a un replanteo. Por orden cronológico y de importancia, se impone empezar con el fallecimiento de Raúl Alfonsín, tema de comentario obligado entre los argentinos que nos juntamos a ver el partido contra Bolivia.
Tenía trece años en octubre de 1983. Entendía lo que pasaba. La sensación generalizada hasta el acto de cierre de campaña del justicialismo era que la fórmula Lúder-Bittel ganaría la elección y muchos analistas coinciden en destacar que la quema del cajón ornamentado aludiendo a la UCR por parte de Herminio Iglesias fue lo que volcó a mucha gente a votar por la lista 3.
Raúl Alfonsín fue el presidente que gobernó la Argentina durante mi adolescencia, la etapa en la que uno se familiariza con las cuestiones de la vida cívica, entre otras cosas. Recuerdo la atención con la que seguí el juicio a las juntas militares y su enorme importancia y también tengo presente que uno de los primeros dilemas que mi cabeza intentó dilucidar fue por qué un par de años después de ese hecho histórico del “Núremberg argentino” se sancionaron dos leyes que acotaban sus históricas resoluciones. Dicen que fue para salvar a las instituciones. Pero... ¿cómo se hace para defenderlas violentándolas? Además, como nunca antes ni después, nuestros mediocres políticos estuvieron juntos aportando a la causa que en ese momento era la de todos nosotros. Aun así, cedió a la presión sancionando dos leyes impresentables que abrieron el camino al no más presentable indulto decretado por quien sucedió a Alfonsín en la presidencia. Por otro lado, no voy a soslayar sus virtudes de hombre irrenunciablemente consustanciado con la vida republicana y de precursor permanente del diálogo constructivo. A lo que me resisto es a este ascenso que su muerte les adjudica a algunas personas públicas, cualquiera sea el ámbito en el que se hayan desempeñado en vida. Me resisto a denominaciones como “padre de la democracia” y otras grandilocuencias que terminan siendo injustas para con millones de anónimos que hicieron tanto o más que Alfonsín por la democracia, incluso entregando sus vidas en las manos de aquellos a los que después se liberó de culpa y cargo con las tristemente célebres leyes de “Punto Final” primero y de “Obediencia Debida” más tarde, error felizmente subsanado posteriormente. El pacto de Olivos es otra cosa por la cual la historia le va a dedicar algunas páginas de análisis. Tampoco me alcanza con agradecerle su honestidad, cuando ésta debe ser tomada como un requisito excluyente y no como una virtud para ejercer el mandato que más de la mitad del pueblo argentino le encomendó en 1983. Critiquemos y juzguemos penalmente a los que no la ejercen, pero no agradezcamos algo que tienen la obligación de darnos. No tengo nada con Alfonsín, de quien lamento profundamente su muerte y deseo que descanse en paz.
Nos reunimos en El Gaucho, el restaurante argentino que el catamarqueño Carlos Santillán instaló en Colonia en 1971, en Barbarossaplatz. Allí quedamos en encontrarnos con mi jefe, boliviano y con su camiseta puesta, y su familia, todos alemanes pero hinchas de Bolivia por obvia cercanía. Varios empleados y algunos otros comensales éramos argentinos. Mientras nos comíamos un bife con ensalada veíamos el partido. Hasta el final del primer tiempo, todo iba dentro de lo que podría ser previsible. El problema llegó en el segundo, cuando los bolivianos redondearon una goleada histórica que no estaba ni en sus sueños más optimistas y la Selección argentina no mostró ni el mínimo atisbo de reacción. Tan así fue que a Diego, cuando iba a hacer entrar a Montenegro, se le leyó claramente en los labios que le decía “tené la pelota”, con la evidente intención de evitar que los del altiplano siguieran aumentando las cifras de una derrota que ya era racionalmente irreversible.
Una muestra de nuestro irremediable exitismo argentino: hasta el descanso, éramos por lo menos diez argentinos pendientes del partido. Con el 1-3 parcial, el entusiasmo e interés iniciales mutaron en desazón y una andanada de reproches; más de uno empezó a decir cosas como “yo sabía que Maradona no iba a andar en la Selección” o “¿qué querés con ese planteo?”. Varios de los presentes aseguraban que la altura “es un verso”; el único que no se cansó de reiterar una y otra vez que en La Paz se dificulta la práctica de deportes para los foráneos fue justamente el único de los que estaba allí que conocía la ciudad y podía hablar con fundamento: Ernesto, mi jefe. Al segundo tiempo sólo lo seguimos unos pocos, ya que, para nuestros compatriotas, el fútbol sólo interesa mientras se gana o se mantiene chances de hacerlo.
Decididamente y por motivos de índole bien diferente, estos dos días no trajeron buenas noticias para nosotros. La eliminatoria es larga y la inolvidable derrota contra Bolivia no pone en riesgo las aspiraciones argentinas de llegar a la próxima Copa del Mundo. A Alfonsín deberemos homenajearlo tomando sus mejores enseñanzas para aplicarlas en beneficio de nuestra castigada república; y, también, teniendo en cuenta sus errores para que no volvamos a cometerlos.

jueves, 26 de marzo de 2009

Dolor, expectativa y rechazo

Faltaba poco para las ocho y media de la noche del viernes. El partido estaba por terminar, no quedaban más de diez minutos de los noventa que jugamos cada viernes con mis amigos alemanes en esa cancha rodeada de paredes que alguna vez les describí. Después de cinco semanas de no haber podido jugar por trabajo o por suspensiones de partidos, mi nivel venía siendo mucho más bajo que lo bajo que es habitualmente. Hasta que fuimos a disputar una pelota con Tobias; lo último que recuerdo fue haberlo visto venir y prepararme para trabar la pelota. Sentí un terrible dolor en el muslo izquierdo, justo en la mitad de la pierna. Durante un par de minutos estuve en el suelo, sin poder revolcarme siquiera. Así como caí, quedé. Después me ayudaron a levantarme y con mucha dificultad salí caminando de la cancha para que los demás pudieran seguir jugando el tiempo que restaba del partido. Fui a la cantina y pedí hielo, ya que la pierna se estaba hinchando muy rápidamente.
Tobias, el muchacho contra el que se produjo el choque, mide casi dos metros; es un flaco que no tiene un gran físico, pero es macizo. Sin ninguna duda se trató de un accidente, lo que posiblemente haya sido peor; creo que si hubiese querido pegarme no habría podido ser tan preciso. La diferencia de altura hizo que su rodilla golpeara de lleno por encima de la mía, en pleno músculo, haciendo lo que comunmente llamamos una “paralítica”. Fue complicadísimo, e imagino que hasta gracioso para ver para mis ocasionales compañeros de viaje en ambos medios, subir y bajar del tranvía y del colectivo para ir a trabajar el sábado y el domingo, a lo que hay que sumarle los ochocientos metros a pie que incluye mi recorrido de ida al estudio. Generalmente, y por fortuna, siempre hay alguien que a la vuelta me trae y me deja a pocos metros de mi casa. Todavía hoy, casi una semana después, persiste el dolor, que está yéndose muy lentamente y, casi con seguridad, me dejará afuera del partido de mañana. Una pena, porque tengo muchísimas ganas de volver a jugar.
También en estos días se define la continuidad de los relatos en español de la Bundesliga, lo que equivale a decir que se define nuestra posibilidad de seguir trabajando acá o no. Cuando digo “nuestra” estoy refiriéndome a mí y a mis compañeros, un venezolano y un mexicano, residentes en Barcelona y Bonn, respectivamente. Creo que no hace falta que les aclare que los tres veríamos con buenos ojos tal continuidad; y eso depende, según nos cuentan nuestros superiores, del resultado de las conversaciones con los canales de televisión de América Latina que adquirieron los derechos para la transmisión de los partidos en nuestro continente. También están esperando saber qué puede surgir en aquellos países en los cuales los dos grandes distribuidores de la señal, GolTV e ESPN, no tienen los derechos exclusivos, ya que existe la alternativa de que en ellos surja algún interesado en el envío de la imagen internacional con el relato en español hecho en Alemania. Independientemente de lo que resulte, en mayo estaré otra vez en Buenos Aires. Podré reencontrarme con mi familia después de ocho meses y deberé reincorporarme al trabajo en radio Continental, ya que se termina la licencia sin goce de sueldo que me otorgaron antes del viaje a Alemania. Para cuando arribe a Ezeiza ya sabré si esa llegada es una vez más temporaria o para volver a instalarme en Argentina.
Como siempre, y mucho más ahora que está cerca la vuelta, sigo lo que pasa en nuestro país. Los varios diarios que leí y la radio que escuché ayer decían que las petroleras, “por el aumento del dólar”, subieron los precios de los combustibles. No recuerdo haber leído, escuchado ni que alguien me haya contado que los hubiesen bajado en los tiempos en los que la paridad con la moneda norteamericana era menor en pesos y, además, el precio del petróleo había bajado abruptamente; mientras, acá podía ver como en Alemania –que no son Papá Noel, desde ya, pero que sí se dejan llevar por los vaivenes del “mercado”- los valores del litro de nafta o gasoil caían casi un treinta por ciento como consecuencia del marcado declive de la cotización internacional del crudo. Cosas de la Argentina, como también lo es el nuevo round de la pelea entre los productores agropecuarios, que con sus cortes de ruta toman de rehenes a todos para su protesta, y el Gobierno caprichoso, soberbio y patotero. ¿Qué quedó de aquel conmovedor alineamiento de algunos gobernadores con las entidades agrarias? Como el treinta por ciento de las retenciones a las que ellos mismos se oponían ahora les serán asignados a sus gestiones como coparticipación de impuestos, bajaron las banderas. Les hicieron sentir el olor de “la platita” y se terminaron sus firmísimas convicciones productivistas. Cuesta creer cómo hacen para andar por la vida con semejante dosis de desvergüenza. El que durante años gritó orgulloso su condición de “pingüino” ahora quiere ser candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires, aunque en el padrón todavía figura con domicilio en Río Gallegos. Después se asombran o se quejan del distanciamiento de la gente con la política. ¿Qué persona bien nacida, que no haya recibido alguna prebenda o favor, va a querer mantenerse cerca de semejante pestilencia?

jueves, 19 de marzo de 2009

Al ritmo de las noticias

El martes debía ir al curso de alemán. Ya estaba listo para salir de casa cuando sonó el teléfono. Al no reconocer el número que mostraba el identificador, atendí como la gente en general atiende acá, diciendo mi apellido en lugar de nuestro clásico “hola”. El que llamaba era el profesor, que estaba avisándonos uno por uno a todos sus alumnos que él no se encontraba en condiciones de ir a la escuela y por eso no tendríamos clase. Me pidió los números de compañeros que tuviera para seguir llamando y le ofrecí llamar yo a las dos chicas de las cuales los tenía agendados. Eso hicimos; esta tarde me enteraré si el aviso les llegó a todos o alguno fue hasta la escuela por no haber recibido la novedad.
Con ese tiempo imprevistamente libre y aprovechando la linda tarde que teníamos, decidí irme caminando hasta el centro. El trayecto es de unas veinte o veinticinco cuadras y en el camino se pasa por un parque muy grande, bien verde, en el que andan de acá para allá las liebres que ya están animándose a salir después del duro invierno que tuvimos. Me llevé un cable que había comprado en enero para adaptar un router inalámbrico de internet. Como por alguna razón que no entendí el sistema no funcionó, el cable había quedado allí a la espera de pasar cerca de donde lo compré, para devolverlo. El comercio se llama ProMarkt; allí venden todo tipo de electrónicos y electrodomésticos, además de algunos otros artículos, a muy buen precio. Fui con el cable y la factura, aunque, por nuestra costumbre, también preparado para discutir con quien me atendiera, imaginando que iría a hacerme muchas preguntas con la intención de dificultar la devolución del dinero que había pagado por el cable. Pero no pasó nada de eso; entregué el cable dentro de su embalaje y la factura y me dieron un comprobante con el cual debería pasar por una de las cajas a retirar el dinero; todo el trámite no demoró mucho más que lo que ustedes tardaron en leerlo.
La noticia de la masacre en la escuela de Winnenden, en el sudoeste alemán, conmocionó a todo el país. Acá no son frecuentes las muertes violentas y, menos aún, en crímenes colectivos como el que cometió el miércoles 11 este chico de diecisiete años que, según se supo, practicaba tiro con el padre y se sentía menospreciado por sus compañeros de estudios. Contando al agresor, que se suicidó al verse cercado por la Policía, los muertos fueron dieciséis. El duelo se extendió por todo el territorio alemán y, por ejemplo, los jugadores y los árbitros de todos los partidos de la Bundesliga llevaron un brazalete negro y en cada encuentro se hizo un minuto de silencio en conmemoración de las víctimas. Muchas radios, por su parte, decidieron pasar música muy tranquila durante esos días y hasta tomaron el recaudo de controlar que los títulos de los temas que emitían no tuviesen ninguna relación posible con los hechos.
Los diarios siguen ocupándose del derrumbe del edificio del Archivo Histórico de Colonia. Los sensacionalistas, como el Express, titulan casi diariamente con noticias vinculadas a esta tragedia. Por un lado informaron que, finalmente, apareció un segundo cuerpo entre los escombros y, por sus características, podría ser el de la persona que estaba desaparecida junto con el chico que encontraron la semana pasada. Por el otro, siguen dando cuenta de una gran cantidad de irregularidades en el planeamiento de las obras, llegando a decir que los ingenieros no habían hecho los estudios de resistencia del suelo antes de continuar con las excavaciones de los túneles para la extensión de la red de subterráneos. Lo curioso es que se trata de un análisis básico y fundamental antes del inicio de cualquier construcción, por lo que cuesta creer que eso haya sido tal cual lo decían los periódicos en sus portadas.
Ya que estamos con diarios y noticias, hay que volver sobre Diego y Riquelme; venía destacando el placer que me daba el hecho de que Maradona me dejara mal parado con lo que escribí en octubre, cuando planteaba mis dudas por el carácter volcánico del Diez. Sin embargo, creo que, para usar la figura que él mismo popularizó, se le escapó la tortuga. La forma con la que atacó a Gorosito por una innecesaria intervención verbal del técnico de River (a su vez motivada por una innecesaria pregunta de algún “periodista”) me hizo recordar a sus peores actitudes. Lo emplazó para retractarse en veinticuatro horas bajo amenaza de revelar “el tema con Garnero”. No sé ni quiero saber de qué se trata, pero imagino que debe ser lo suficientemente grave como para que a Diego le sirva para el chantaje, por un lado, y como para que Gorosito respondiera casi inmediatamente buscando la conciliación. La combatividad de Diego ha sido siempre, en general, un aspecto positivo de su personalidad. Pero muchas veces no ha estado feliz en la elección del enemigo. Fue brillante en su pelea con los poderes del fútbol cuando jugaba y está muy bien que hoy se plante ante Grondona y las dificultades con las que el mismo presidente de la AFA le obstruye la gestión. También es positivo que le ponga los límites a un nene caprichoso como Riquelme después de que éste, en una muestra de fingida sensibilidad que irrita, tomara a mal una opinión bien futbolera y sin malicia de quien es, finalmente, el técnico de la Selección. Todas estas son peleas útiles, que tiene que dar. Pero Gorosito, como dice Fito Páez, es un enemigo que no está a la altura del conflicto y Diego lo puso en el centro de la escena, con un muy cuestionable proceder y exponiéndose innecesariamente a un roce que no le aporta nada bueno, pero contribuye a su desgaste.

jueves, 12 de marzo de 2009

Malas y buenas nuevas

Las tapas de los diarios del martes tenían la noticia que todos los coloneses deseaban no leer después del derrumbe del edificio del Archivo General de Colonia. Tras siete días de búsqueda entre los escombros apareció el cuerpo de Kevin, de diecisiete años, que habría estado durmiendo en el momento del accidente que le costó la vida, según lo que informó la Policía, cuyo vocero se animó a agregar que es posible que ni siquiera haya llegado a darse cuenta de lo que le pasó. Todavía falta encontrar a otro joven, en este caso de veinticinco años, del que no se brindó el nombre aunque sí se detalló que es estudiante de diseño y que habitaba en el mismo edificio que la víctima hallada hace dos días.
Los mismos diarios informaron ayer, miércoles, que las autoridades decidieron paralizar todos los trabajos de extensión de la red de subterráneos, aun los situados lejos del lugar de la tragedia y que no presentan ningún inconveniente, hasta que se establezca fehacientemente si una planificación errónea o negligente de las obras fue el origen de semejante desastre. También se duda sobre la continuidad del alcalde, Fritz Schramma. Al nombre de este señor, perteneciente a la CDU (Unión Demócrata Cristiana), tuve que buscarlo, ya que no aparece en ninguno de los carteles que anuncian los numerosos emprendimientos que la ciudad tiene iniciados en muchos puntos de su geografía. Acá a las obras las hace la Stadt Köln (ciudad de Colonia), no cualquier político que ocasionalmente esté a cargo del gobierno.
En Düsseldorf, a unos cuarenta kilómetros, se encuentra el consulado español más cercano. Fui a consultar por mi situación ante la legislación que permite a los nietos de españoles adquirir la ciudadanía de la Madre Patria. La empleada del registro civil, en el segundo piso, me detalló con mucha amabilidad cuáles eran los requisitos para iniciar la solicitud y después me aclaró que cada caso se analiza particularmente y que la aceptación del pedido no implica la concesión de la nacionalidad española. En el tren de vuelta a Colonia, en la estación siguiente a la que subí yo, subió una mujer –musulmana, de acuerdo con su vestimenta- con dos chicos, que tendrían seis y tres años, aproximadamente. Uno de los dos tenía una mochila y en un momento sacó de ella una bolsa con algo muy similar a nuestras empanadas. Estaban un poco aplastadas. La madre le dijo algo que pareció un leve reto y el chico volvió a meter la mano en la mochila. Sacó un tupper y le pidió a la madre que lo abriera; ella hizo caso y lo dejó en el único asiento libre de los cuatro que tenía el sector que ellos ocupaban. Los hermanitos se turnaron para meter las manos y sacar lo que por el olor me di cuenta de que eran pimientos, que estos dos chiquitos se comían con la misma naturalidad con la que mis sobrinos se comerían una banana o un alfajor.
No puedo resistir la tentación de referirme a la nueva renuncia de Juan Román Riquelme a formar parte del seleccionado nacional. Ya lo había hecho en septiembre de 2006, para lo cual argumentó que a su mamá le hacían muy mal las críticas que Román recibía por su palidísima actuación en el Mundial de Alemania, a pesar de que Pekerman había armado el equipo nacional a su alrededor. Después llegó Basile, que demostró tener al diez de Boca como una debilidad; poco antes de la Copa América de 2007, y después de haber hecho toda la preparación sin Riquelme, el entrenador modificó la conformación del plantel que había nominado para hacerle lugar a Román, cuya madre parecía en ese momento haber blindado su corazón. Los platos rotos de los caprichos de uno y de la impresentabilidad del otro los pagó Javier Pinola, jugador de Núremberg, que hasta modificó la fecha de su boda para poder jugar la Copa América en Venezuela y poco antes de viajar lo bajaron abruptamente del avión. Fue la Copa América de los daikiris con el agua de la piscina hasta el pecho y de una concentración que parecía una colonia familiar de vacaciones. La del talco, los cuernitos y el saco de cábala a pesar los cuarenta y cinco grados a la sombra. Allí también, a pesar de tanto mimo y privilegio, lo de Riquelme fue poquito.
Ahora no tolera que Maradona le diga cómo quiere que juegue en la Selección. El Diez, el grande de verdad, se permitió opinar que si Román no es capaz de modificar su juego no sería útil para el equipo, en un comentario lleno de fútbol y con argumentaciones tácticas impecables. Diego, que a la Selección le dio un poco más que Riquelme, considera que no es suficiente con dos pisadas, tres pases intrascendentes para los costados y cuatro tiros libres bien pateados; y tiene tanta razón que ni siquiera vale la pena detenerse en eso. El problema de Riquelme es que ahora se encontró con alguien que no le teme a él ni al grupito de poderosos alcahuetes que salen corriendo con el micrófono y la cámara en la mano cada vez que Román tiene algo que decir en el tono monocorde de siempre, el mismo con el que juega.
Cuando Riquelme estuvo en Barcelona, el entrenador holandés Louis Van Gaal dejó de tenerlo en cuenta porque se negaba a jugar en el puesto que él le asignaba. Recaló en Villarreal, donde otro técnico serio como Manuel Pellegrini se cansó de su individualismo y lo separó del plantel. Casualidad o no, el Submarino Amarillo volvió casi inmediatamente a los primeros planos del fútbol español.
No hay nada que hacerle. Como dijo alguien alguna vez: si uno ve un ave con plumas y pico de pato, patas de pato y que camina como un pato, lo más probable es que sea un pato.

jueves, 5 de marzo de 2009

Una pésima noticia para Köln (y para la humanidad)

Era un martes como cualquier otro. Me di un baño, cargué mis cosas y me fui a la escuela, al curso de alemán. Tomé el tranvía 5 por una estación, desde la Gutenbergstraße hasta Hans Böckler-Platz. Allí me bajé y en ese mismo andén me quedé esperando al 3 o al 4, al que viniera primero. Cualquiera de los dos me deja en Neumarkt, la estación en la que debo bajarme para después seguir a pie cuatro cuadras.
Una vez que salí a la calle, me pareció que había menos tránsito que el habitual a esa hora en esa zona. Caminé, como siempre, por la Peterstraße hasta la Agrippastraße, la de la escuela. Allí a la izquierda y, dos cuadras después, la sorpresa. Al llegar a la Neuköllnerstraße, una avenida ancha de doble mano que debía cruzar, ví tantos policías juntos como nunca había visto. Decenas de patrulleros con sus correspondientes policías, varias ambulancias con su dotación de personal y varios equipos de distintos noticieros de televisión. No había caos, todo estaba controlado. Pero seguía impresionándome el despliegue. Ante tantos autos verdes y grises, los de la Polizei, primero pensé que podría tratarse de una persecución que había llegado a su final, pero la cantidad de ambulancias y el movimiento de bomberos, que tienen su cuartel justo enfrente de la escuela, me inclinaron a suponer un accidente de importantes consecuencias.
Como el tránsito estaba cortado, pude cruzar sin tener que esperar al semáforo. La escuela está a unos cuarenta metros de allí, pero ni siquiera los peatones podían seguir caminando por la Agrippastraße en esa dirección. Justo que llegué al cordón policial con la frase armada en la cabeza para explicar que iba a clases, los policías se apartaron. Parece que el dispositivo había sido levantado y una chica que justo debía pasar con su auto por el frente del cuartel de bomberos y ambulancias iba a poder hacerlo. Después de hablar unos segundos con ella, un policía le levantó la cinta de plástico para que pudiera seguir.
Llegué al aula temprano, dejé mis cosas y fui a buscarme un té con limón que me ayudara a convivir mejor con los síntomas de gripe que estaban acompañándome desde el lunes. Volví, me senté y a los pocos minutos entró una empleada de la escuela, que abrió un par de ventanas para que corriera un poco de aire hasta que empezara la clase y me preguntó si quería que prendiera la luz. Le dije que no, que todavía no hacía falta.
Le pregunté a la señora si sabía qué había pasado. Me dijo que sí, que vio en las noticias que se derrumbó un edificio cercano justo encima del punto donde estaban excavando túneles para la extensión de la red de subterráneos. Dijo que no había muertos reportados hasta ese momento, pero tampoco había que descartarlo. El edificio se desplomó y el derrumbe también afectó a algunas casas vecinas.
Seis y media en punto empezó la clase, que se desarrolló normalmente. A las ocho el profesor impuso la pausa de siempre y, a la vuelta, trajo más información: el edificio que se cayó era el del archivo general de la ciudad de Colonia. Las primeras precisiones hablaban de nueve desaparecidos, número que fue disminuyendo a medida que se fue determinando el paradero de siete de esas nueve. Todavía se busca a una pareja que vivía en una de las casas vecinas, ya que no se tiene la certeza de que estuviesen o no en el lugar en el momento del desplome.
La página de la Deutsche Welle (http://www.dw-world.de/dw/article/0,,4072772,00.html) da detalles de lo que podría perderse, que según algunas consideraciones podría valuarse monetariamente en cuatrocientos millones de euros:

(...) El diario local Kölner Stadt-Anzeiger en su recuento de los tesoros albergados por el archivo asevera que del 11 de agosto de 922 data el primer documento –que probablemente sea una antigua falsificación- con el cual el entonces arzobispo de Colonia, Hermann I, le cede al legendario séquito de Santa Úrsula un edificio que luego será su convento e iglesia. Las actas de fundación de la Universidad de Colonia del año 1388; manuscritos de Karl Marx y Friedrich Engels; disposiciones firmadas por Napoleón y muchas joyas históricas más se guardaban en ese edificio. (...)

En el mismo sitio hay una idea de lo que significaba este lugar, definido “el mayor y más completo archivo al norte de los Alpes”:
(...) El Archivo de Colonia-comparable sólo a los archivos de Sevilla o al Archivo Nacional de París- se encontraba en un edificio diseñado y equipado en 1971 especialmente con este propósito y con el objeto de que tuviera 30 años de vida útil. Ya en 1996 se le reventaban las costuras de tanto material acumulado y los materiales fueron, parcialmente, guardados en otros edificios. Cuando el 3 de marzo a las 14h00 se escuchó el rugido previo al desplome, sólo los empleados pudieron ser evacuados. (...)
Ya está abierta la investigación para determinar las causas de este desastre. Las primeras estimaciones dicen que estudios erróneos o una interpretación errónea de cálculos de factibilidad de las obras de ampliación de la red de subterráneos serían el origen de esta catástrofe, que no lo es tanto en pérdidas personales -hasta ahora- pero sí lo es si se tiene en cuenta a la hora del balance la irrecuperabilidad de los valiosísimos piezas y testimonios que albergaba este archivo-museo que se vino abajo en la tarde del último martes.